POEMAS TRADUCIDOS AL FRANCÉS (POR LAURA VÁZQUEZ)

MON ÉGLISE (AUN NOM DU PÈRE, DE LA MÈRE ET DU PLAT
QUI EST SUR MA TABLE)

Mon père, qui a travaillé des heures et des heures
pour que nous ne manquions de rien,
béni sois-tu, homme malade d'amour,
seigneur du règne des humbles,
fais tienne la volonté avec ces mains,
victimes d’engelures, brûlures et coupures,
pardonne ses blasphèmes à Dieu
et aux malheureux qui ne méritent pas
la plus petite et misérable miette de compassion,
ne me laisse pas seule sur ce chemin de crevasses,
entouré de fil barbelé,
et libère-moi de la "poésie" des prophètes imposteurs,

                                                                                                     amen.

MI IGLESIA (EN EL NOMBRE DEL PADRE, DE LA MADRE Y DEL PLATO
QUE TENGO EN LA MESA)

Padre mío, que trabajas horas y horas
para que no nos falte de nada,
santificado seas, hombre enfermo de amor,
señor del reino de los humildes,
haz tuya la voluntad con esas manos
víctimas de sabañones, quemaduras y cortes,
perdona a Dios por ser tan blasfemo
y a los desgraciados que no merecen
ni unas miserables migajas de compasión,
no me dejes sola en este agrietado camino,
cercado con alambres de espinos,
y libérame de la "poesía" de profetas impostores,

                                                                                            amén.



LE PLUS GRAND SPECTACLE DU MONDE

Bienvenu
au plus grand spectacle du monde
le théâtre de la vie.

Scène avec décor de pacotille
là où tu te trouves toi
te sentant
comme une marionnette, attachée
pieds et mains
comme une poupée, avec des trous,
dans le dos,
comme un acteur de second rôle
qui n’étudie jamais le scénario.

Sur les tables,
qu’il y ait tragédie, qu’il y ait comédie,
tu changes le morceau de viande de la poitrine
contre du plastique, contre du coton,
ou contre du métal organique.

Sous les projecteurs,
nous sommes des figures tristes et sombres
que manipule, cruelle,
la destinée.

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO

Bienvenidos
al mayor espectáculo del mundo:
el teatro de la vida.

Escenario con decorados cutres,
donde te hallas tú
sintiéndote
como una marioneta, atado
de pies y manos
como un muñeco, con agujero
en la espalda,
como un actor secundario
que jamás se estudia el guión.

En las tablas,
haya tragedia, haya comedia,
cambias el trozo de carne del pecho
por plástico, por algodón,
o por metal orgánico.

Bajo los focos,
somos tristes figuras sin sombra
que maneja, cruel,
el destino.

(Poema de “Material de Desecho”)


SIX SAISONS

Saison I. Différences

Amour et affection.
Passion et (trop) de froideur.
Toi et moi.

Saison II - Peau

Je déteste tes mots.
Je déteste cet amour confus.
J’ai besoin de ton corps.

Saison III – Vérité

Lettres d’amour.
Ecriture de promesse.
Mensonges qui illusionnent.

SEIS ESTACIONES

Estación I - Diferencias

Amor y cariño.
Pasión y (demasiada) frialdad.
Tú y yo.

Estación II - Piel

Odio tus palabras.
Odio este confuso amor.
Necesito tu cuerpo.

Estación III - Verdad

Cartas de amor.
Letras con promesas.
Mentiras que ilusionan.

(Poema de “Bocaditos de realidad”)


JE NE CRAINS PAS LES MORTS...

Je ne crains pas les morts
car ni les os ni les cendres
ne peuvent me blesser;
je ne crains pas non plus les vivants
car pour une nature méfiante,
l'humanité devient prévisible.

J'ai seulement peur de moi-même,
de la loi de mes mains rageuses
                                                     impotentes
                                                                         affamées
                                                                                        survivantes.

NO TEMO A LOS MUERTOS...

No temo a los muertos
porque ni los huesos ni las cenizas
pueden lastimarme;
tampoco temo a los vivos
pues, por natural desconfianza,
la humanidad resulta previsible.

Sólo tengo miedo de mí misma,
de la ley de mis manos rabiosas
                                                  impotentes
                                                                  hambrientas
                                                                                     supervivientes.

(Inédito)


Ana Patricia Moya Rodríguez
Traductora: Laura Vázquez
Ilustraciones: Milena Huhta

“CORRESPONDENCIA”, MICRORRELATO GANADOR DEL VII CERTAMEN LITERARIO CANYADA D´ART (2016)

CORRESPONDENCIA

Después de leer la carta, ella, con su vieja máquina de escribir, se tomó su tiempo para redactar unos folios acerca de lo acontecido aquella semana; al concluir, los introdujo en un sobre con sello y salió a la calle. Al meter la carta en el buzón, apareció el cartero del barrio; avergonzada, lo eludió: sólo él sabía el secreto de sus cartas con idénticos remitente y destinatario. Ya en casa, notó el peso de la soledad. Conocía a gente que podría escribirle, pero nadie le dedicaba palabras sobre papel: sólo así sentía cercano un corazón frente a la frialdad de la pantalla. Se consoló sabiendo que en unos días recibiría, con ilusión, otra carta. Aunque fuera suya.

ANA PATRICIA MOYA

Ilustraciones: Roby Dwi Antono

“ELEFANTE”, RELATO GANADOR DEL III CONCURSO DE RELATO ARTEFACTO (PRIMER PREMIO)

 

ELEFANTE

“Teme a quien te teme, aunque él sea una mosca y tú un elefante”.

Muslih-Ud-Din Saadi

Frente al espejo, su rostro enrojecido a causa del acné, los prominentes lóbulos de las orejas, la nariz afilada. “¡Elefante, elefante!”. Extrajo del armario una cuchilla y un bote de espuma para afeitarse el escaso vello. Lo hacía para complacer a su chica, “estás más guapo sin ese horrible bigotillo”. “¡Eres un tonto del culo que todavía no tiene ni pelos en los huevos!”. Se cortó la mejilla derecha. Se lavó la sangrecilla con agua templada del lavabo y se cubrió la herida con un apósito. Rozó, con cuidado, el pómulo izquierdo. Se quejó: aún dolía. “Me chiflan tus cicatrices, cariño”, le confesaba siempre ella cuando se desnudaban en aquel paraíso de cortinas rosas, estanterías llenas de peluches y muñecos, con ese agradable aroma a vainilla dulzona, aroma que lo embriagaba hasta desfallecer en el colchón; el refugio de cuatro paredes con los pósters de los grupos Dire Straits y The Animals. Ella, sus pequeños senos, su cara pecosa, sus caderas estriadas, su pubis sin rasurar. Ella, la que después de hacer el amor, le llevaba a la cama una enorme bandeja con un delicioso desayuno – tostadas con mermelada, sirope de arce o mantequilla de cacahuete, zumo de naranja, plato de cereales de chocolate y crujientes galletas de nata – “para el chico más dulce del mundo”.

No importaba si su novia le hacía sentir tan especial. Él era un fracasado, un pringado. “No te la mereces, monstruo, ¡no sé qué ha visto en ti!”, le increpaban los muchachos cuando ella iba a recogerlo al instituto en su motocicleta. Y ella, tan encantadora, tan enamorada, lo consolaba cuando le colocaba el casco y lo besaba apasionadamente delante de aquella panda de cretinos que respondían con muecas de asco: “No les hagas caso, mi amor, tú eres hermoso, muy hermoso”. Sí. Ella y su magia para hacer más soportable la existencia, la única que los fines de semana lo transportaba a otro mundo, al de las miradas cómplices entre las sábanas perfumadas a suavizante, de los paseos soleados en el parque de la gran avenida para jugar con sus mascotas, a los días de lluvia en su apartamento, recostados en aquel sillón de piel, cubiertos por una manta, compartiendo un cuenco de palomitas, latas de refrescos o botellas de cerveza de importación para celebrar acontecimientos importantes. Sí. Ella era increíble. Era perfecta, a pesar de sus mosqueos cuando no conseguía controlar el mando de la consola y perdía todas las partidas al Pong, a sus pucheros cuando se resistía a ver películas de zombies en el cine, su innata capacidad para sacar de quicio cuando discutían acaloradamente sobre el futuro, sobre si estudiar ingeniería o artes en la universidad tal o cual. Sí. Era caprichosa, infantil y terca, pero la amaba tal y como era. Perfectamente imperfecta.

Sin embargo, la cruda realidad se manifestaba de lunes a viernes: Durante la jornada de rutinas escolares, los compañeros del instituto se la tenían jurada tan sólo porque sí. Le recordaban, a cada momento, el desprecio por un cuerpo que ellos consideraban deforme, también por su carácter reservado. Y es que él no era un precisamente un alumno modélico: había repetido curso en dos ocasiones, aunque siempre se empeñaba, con todos sus esfuerzos, en superar, a duras penas, la barrera del suficiente. Bajito, flacucho y desgarbado, no poseía habilidades para practicar algún deporte: siempre lo escogían el último para repartir los equipos. En clase de educación física, cuando tocaba fútbol, baloncesto o béisbol, los chicos más aptos del grupo procuraban sentarlo directamente al banquillo, para que no estorbara demasiado. Aparte de su torpeza, el asma y la anemia lo apartaban de las pistas, motivo por el cual suscitaba el recelo del resto de los chicos que, castigados por duras sesiones de entrenamiento, se mofaban de él, entre jadeos y abucheos, por ser el “niño bonito” de “el calvo ese al que le chupas la polla para librarte de hacer ejercicio, ¡so vago!”, y ese mismo profesor siempre le restaba importancia a los ataques verbales, con sus típicas palmaditas en la espalda y sus nada convincentes: “no les escuches, hombre, que están bromeando”. Precisamente no era el único que prefería mirar hacia otro lado y no involucrarse en conflictos de adolescentes hormonalmente inestables: el resto de los docentes del centro estaban más ocupados en otros menesteres, como impartir temarios dentro de las aulas y corregir exámenes, y por eso no disponían de la energía necesaria para controlar a la manada de alborotadores que acosaban a otros chavales más apocados. En el caso de las compañeras, quizás eran más crueles con él: los chismorreos de turno en el patio de recreo realmente no le afectaban; la mayoría de cosas que escupía aquel grupito de estúpidas niñatas eran bulos que se inventaban con tanta imaginación, en su afán de acaparar la atención de los machos que cumplieran, o no, con sus exigencias y así marcar territorio frente al resto de hembras no populares; a lo que no se acostumbraba era a los inesperados empujones, patadas y puñetazos por parte del club de amigos y simpatizantes de aquellas que, con sus mentiras – “¡el muy baboso me ha mirado raro!”, “¡este cerdo ha intentado tocarme!” – nutrían una violencia sin sentido y que, con el tiempo, se recrudecería.

Sí. Costaba soportar aquel bachillerato de humillaciones. Estaba harto de “dame el dinero del bocata o te rajo, pedazo de cabrón”, harto de “por tu culpa hemos sido eliminados de los cuartos de final, ¡memo!”, harto de “deberías de estar muerto”.

“¡Te apesta la boca!”. Mientras se cepillaba los dientes, el reflejo le devolvía la imagen de un monstruo que no era aceptado por otros monstruos. Maldijo su cabello rubio, casi albino, sus orejas de soplillo, la nariz aguileña, las bolsas de los ojos, la boca carnosa. “¡Qué feo eres joder, pareces un puto elefante!”. En su interior había germinado la semilla del odio, semilla que ya se extendía por todo su ser hasta que se le retorcían las vísceras con cada “¡eres repulsivo, tío!”, “me pones enfermo, mamón” o “no mereces vivir”. Sintió un pinchazo agudo en el pecho desnudo: reconoció inmediatamente los síntomas. Se sentó en el váter: inspiró, espiró, profundamente, para controlar el ataque de ansiedad. Palpó costado y hombro: la costilla y la clavícula fracturadas por la caída de un barracón; esta era la supuesta versión oficial que despachó cuando fue asistido en el hospital, por temor a que familia y novia interpusieran denuncias con posibles represalias; pero la extraoficial era una golpiza brutal por parte de unos gamberros que lo acorralaron en un cuarto de baño y decidieron partirle los huesos porque corría el rumor de que había intentado besar a la novia de uno de ellos; las lesiones  parecían mejorar, pero, obviamente, existía riesgo de que empeoraran por el maltrato constante.

Remitida la taquicardia, se incorporó para proseguir con el aseo. Se enjuagó la boca, se peinó con gel fijador. “¿Sabes? Te pareces a Sid Vicious. Me encanta.”, le comentaba su novia, fan acérrima de los Sex Pistols. Él, naturalmente, no se encontraba el parecido, aunque le fascinaba el punk. Se perfumó con colonia, se secó las manos y salió del cuarto de baño. Arrojó la toalla a su cama aún deshecha. Sacó un disco de vinilo de la funda y encendió el tocadiscos. En los altavoces, los primeros acordes de Seventeen, su canción favorita del álbum. Subió el volumen. Y se dejó llevar, yendo de un lado para otro, canturreando “See my face, not a trace, no reality, oh I don´t work, I just speed…”, mientras ordenaba la estancia para evitar las regañinas de papá y mamá.

Cuando concluyó, abrió la ventana para recibir el aire fresco de la mañana. Se asomó al exterior: Un día espléndido. En el jardín se encontraba su padre, paseándose, distraído, con un café en la mano y en la otra el periódico. El perro, tan travieso, se revolcaba en el césped húmedo, y mordisqueaba la manguera, pero el padre, absorto en las noticias locales y en su taza, lo ignoró. Se topó con la mirada de la vecina de la casa de al lado, a la que saludó con un gesto de la mano aunque ella, que parecía sonrojarse, se escondió detrás de la cortina, aunque le devolvió el saludo; parecía simpática la chica, sí, lástima que por su delicado estado de salud – o eso decían al menos los del  vecindario – apenas saliera a la calle. De repente, apareció su madre que, en vez de regañarle por tener la música tan alta, salió disparada hacia el garaje: había que dejar al hermano pequeño en el colegio y era demasiado tarde. En efecto: el reloj de su mesita de noche indicaba que las clases empezarían dentro de veinte minutos, y el instituto se encontraba lejos. Pero aquel día optó por no tomar el autobús escolar: Quería caminar hacia su destino.

Se vistió con una camiseta negra, unos vaqueros ajustados y las deportivas desgastadas. Se abrigó con una chaqueta de cuero. Inspeccionó la mochila para asegurarse de que no le faltaba nada. Cuadernos, libros de texto, el estuche, el ejemplar de Las uvas de la ira que había tomado prestado de la biblioteca municipal, los cómics de la Patrulla X y Batman, una caja de tabaco para fumar a escondidas en el callejón, el disco de Nevermind que le había regalado su novia, pañuelos, una bolsa con un sándwich vegetal envuelto en papel y una caja de leche, la medicación y unos cuántos billetes y monedas por si tenía que comprar.  Y sí. Faltaba algo.

Se aproximó a su escritorio y sacó del primer cajón una carta. “Para mi ángel”, rezaba como destinataria. La besó. Del segundo cajón, extrajo una pistola con el tambor cargado y una cajita de balas. “Hoy, al fin, dejaré de ser elefante”, murmuró. Introdujo todo en la mochila, se la cargó a la espalda y salió de la habitación, esperanzado por ganarse el respeto que merecía después de años y años de menosprecios, insultos y palizas.

Ana Patricia Moya

Primer Premio del III Concurso de Relatos Artefacto

Ilustraciones: Dani Soon