DOS POEMAS INÉDITOS

DREW YOUNG

EPIFANÍA

 

No me reconozco

 

soy la impostora que deposita

su confianza en un billete de lotería

 

no se trata de la desconfianza hacia mi amor propio,

 

es que ya agoté todas las posibilidades.

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CACHORRO

 

El perro celebra mis regresos

aullando, reclamando afecto con entusiasmo

 

sus patas traviesas y torpes causan estragos

por el pasillo, el comedor, la cocina;

yo le riño, pero el animalito agacha las orejas

y con su mirada de puro amor anulan todos mis castigos

-sí, vale, soy muy blanda-

 

toma el sol en la terraza

cuando está agotado de explorar el mundo

 

y lo observo, con envidia:

la felicidad absoluta en dos platos llenos,

sus juguetes mordisqueados y una correa

 

y yo soy la egoísta que no sabe conformarse

con lo que [no] tiene.

 

ANA PATRICIA MOYA

IMÁGENES: Drew Young, Caleb Brown.

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UN RELATO Y UN POEMA – Inéditos

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DESECHOS

Como todas las madrugadas, de lunes a viernes, me traslado, puntual, en las alcantarillas que me han asignado para limpiar a fondo. Bajo las escaleras, cargado con mis utensilios, e inspecciono, con detenimiento, el túnel: tengo que recoger toda la basura acumulada del fin de semana para evitar que se saturen los conductos subterráneos. Mi compañero, en la superficie, me indica por radio que se encargará de la parte norte, que estaré solo en el sector sur durante un rato, aunque pronto llegará otro camión con refuerzos pues el fin de semana pasado se celebraron las fiestas populares de la localidad y eso, obviamente, es sinónimo de muchos, muchísimos desechos. Adaptado a la semipenumbra, a la presencia de ratas y demás fauna de cloaca, pero no al hedor insoportable que me obliga a usar mascarilla, me coloco los guantes y procedo a trabajar en los canales de agua residual; sólo se percibe el eco de mis botas chapoteando; con mi rastrillo, me afano en retirar restos de comida, cajas de cartón, cascos de botellas rotas, condones usados y demás porquería, consecuencias de la falta de civismo. Mientras ejecuto mi tarea, algo llama mi atención: diviso una bolsa, bastante grande, que la débil corriente arrastra hacia mí; la recojo, y sí, pesa, tiene salpicaduras de sangre seca. Para descubrir lo que hay en su interior, la rasgo, pero sin romperla del todo, y me encuentro con un feto humano. Examino bien aquel pequeño cuerpo sin vida. Podría tratarse del fruto de una pasión inconsciente, muy propia de adolescentes con el cerebro entre las piernas, o un hijo no deseado para unos padres sin recursos, o también un aborto de una clínica clandestina de esas que proliferan por el asuntillo de la polémica ley reformada. No lo sé. Mejor no especular con este trozo de carne, a punto de descomponerse tal y como sugiere su aspecto, y por el que ya no se puede hacer absolutamente nada. Me percato de que tiene en su cuello una bonita cadena, parece ser de plata; medito unos instantes para decidir qué hacer con el hallazgo. Al final, arranco la cadenita y me la guardo en uno de los bolsillos de mi mono de trabajo; envuelvo el cadáver con la misma bolsa, y lo arrojo a la corriente turbia; poco a poco, se va alejando, hasta desaparecer de mi vista. ¿Insensible? Quizás. Gajes del oficio. Conozco al ser humano: es capaz de ensuciar la vida de todas las formas posibles. Somos así de penosos. Estoy acostumbrado a la miseria del hombre y a su mierda. No hace falta descender a este infierno nauseabundo de restos para darse cuenta de lo asquerosos que somos. En fin. Mejor prosigo con mi labor. Luego veré, en la hora del bocadillo, cuánto me pueden dar por esta cadena plateada.

(Este relato es un homenaje al maestro Yoshihiro Tatsumi).

ANA PATRICIA MOYA

Imagen: Heidi Taillefer.

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NO BROTA LA ESPERANZA POR EL ÚLTIMO RESQUICIO (CRÓNICA DEL 16 DE JUNIO DEL 2013)

 Mi padre envejece:

borra la enfermedad de la rutina

con medicación

-de todo tipo-

sus manos (ásperas) ya no son útiles.

 

Mi madre envejece:

arrugas, trece pastillas diarias, desorientada,

busca refugio en nuestra infancia,

cuando todo era más fácil

 

(Dios nos escupe, mamá:

no reces).

 

Mis hermanas envejecen:

una se esclaviza por un (inexistente) sueldo,

la otra protagoniza la gran tragedia moderna

la hipoteca

la sombra del desempleo

 

duermen sin certezas,

sin sueños.

Mi perro envejece:

está flaco,

no reconoce mi olor.

 

Y yo,

con ellos,

muero

un poco

cada amanecer

 

me seduce el borde de la ventana

 

otra vez

el asfalto \ la nausea

la desazón

el abismo

el credo de mi adolescencia

 

otra vez

sin trabajo

sin ilusiones

sin confianza

 

sin ti.

 

ANA PATRICIA MOYA

Imagen: Yung Cheng Li.

Un poema de Karmelo Iribarren

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LA FUNCIÓN DE LA POESÍA

La función
de la poesía
en nuestra sociedad,
ha sido el tema estrella
(durante un par de días)
en simposios, mesas orondas
y demás zarandajas,
a cargo
de eminencias con-
trastadas
en el manejo de las lenguas.

Parece ser
que les ha hecho
buen tiempo,
y que no ha habido
heridos de importancia.

KARMELO IRIBARREN

(Imagen: Paul Delvaux)

UN POEMA INÉDITO – Del poemario “Perra”

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APUESTOS PRÍNCIPES, TIERNAS PRINCESAS (FALSIFICADORES DE TÍTULOS REALES PARA IMPRESIONARME; PERO MI INSTINTO, INTACTO, ES INFALIBLE, Y HA SUPERADO TRAUMAS MADE IN DISNEY)

 

Si ni un sólo abrazo vuestro

no absorbe toda esta tristeza

 

sois impostores

 

sois errores necesarios.

ANA PATRICIA MOYA

(Imagen: fotografía de Ángel Muñoz).

UN POEMA TRADUCIDO AL PORTUGUÉS

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DE JOELHOS, DIANTE DE MINHA CAMA

Quando era criança, tinha uma cruz dourada cravada

na carne; agora, minhas orações salpicadas

de culpa se refletem em um rosário com contas

de lágrimas. Consciência suja. Pedaços

ásperos que murmuro para mim,

pecados de minha insignificante existência.

Antes havia terror: debaixo da cama estava Deus.

Mas Deus não está. Já não existem bondades nem castigos.

Tampouco acredito nos poetas, nem nos políticos,

nem mesmo nas putas promessas de amor eterno

nem mesmo nos homens e nas mulheres.

 

Minhas plegárias, cantos de desilusão na noite

cúmplice de minhas depressões, trazem a estas mãos

a grande evidência. Só acredito em mim mesma.

 

Porque é a única coisa que me resta.

 

DE RODILLAS, DELANTE DE MI CAMA

 

De niña, tenía una cruz dorada clavada

en la carne; ahora, mis oraciones salpicadas

de culpa se reflejan en un rosario con cuentas

de lágrimas. Conciencia sin limpiar. Pedazos

ásperos que murmuro para mis adentros,

pecados de mi insignificante existencia.

Antes había terror: debajo de la cama estaba Dios.

Pero Dios no está. Ya no hay ni bondades ni castigos.

Tampoco creo en los poetas, ni en los políticos,

ni en las putas promesas de amor eternas

ni tampoco en los hombres ni en las mujeres.

 

Mis plegarias, cantos de desilusión en la noche

cómplice de mis bajones, asoman en estas manos

la gran evidencia. Sólo creo en mi misma.

 

Porque es lo único que me queda.

 

ANA PATRICIA MOYA

Traducción: Tiago Da Silva Cesar.

(Imagen: Alex Gross)

POESÍA, un relato

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POESÍA

Julio reclamó la presencia inmediata de su musa por teléfono. Media hora después, el timbre anunciaba la llegada de la atractiva Lucía, su comprensiva confidente; en el comedor del apartamento, Julio le esperaba, sonriente, con el café recién hecho y unas pastas de la repostería del centro de la ciudad y que tanto le agradaban a aquella mujer. Se acomodaron, y mientras apuraban sus tazas, él manifestó su gran preocupación: su editor le agobiaba con insistentes llamadas y mensajes de correo electrónico, instigándole a que se apresurara en componer una nueva obra poética, de índole romántica, el género que especialmente hizo famoso a Julio en el panorama literario; su reputación como poeta se extendía a otros países, hasta sus libros, tan elogiados por la crítica, habían sido traducidos a varios idiomas. Julio había recibido un generoso adelanto económico y tenía la obligación de entregar, en el plazo de una semana, un borrador para justificar un nuevo trabajo, pero transcurrían los días, y no había redactado ni una miserable página: le aterraba la idea de que su talento fuera cuestionado. Consternado, Julio se levantó de su sitio; comenzó a dar vueltas por la estancia mientras la joven escuchaba las quejas del atormentado poeta, palabra por palabra; parece ser que el editor fue explícito y amenazó con que si no estaba dispuesto a completar un libro de poesía en condiciones, que se despidiera de seguir publicando en la editorial, que bastante harto estaba de los caprichitos del poeta. De repente, Julio se detuvo; observó a la chica con ternura, y se aproximó para desabrocharle la blusa y rozar con sus labios aquel cuello, de piel tersa; le susurró, quedo al oído, que anhelaba la belleza de su desnudez, y ella, obediente, se fue despojando de sus prendas: el sostén, la falda, las medias y las braguitas de encaje. Él se volvió a sentar en su sillón, y la contempló, embelesado: la tez pálida, senos turgentes, caderas anchas, el pubis rasurado. Lucía se situó delante del poeta; tomó su robusta mano para besarle la punta de los dedos y luego colocarla sobre un pecho, pero él la retiró, algo brusco; murmuró que sólo quería captar todos los detalles de su espléndida desnudez. Lucía, desganada, suspiró; cruzó los brazos mientras Julio admiraba la curvatura de su vientre casi perfecto y sus muslos. Al final, la muchacha rompió su silencio: reprochó que estaba cansada de repetir este ritual desde hacía meses, que ya no quería conformarse tan sólo con exponerse en cueros a los ojos ávidos del amante; deseaba que le tocara, y así expuso el ultimátum: si no le hacía el amor allí mismo, en ese momento, se marcharía. Y Julio, anonadado por la actitud inesperada y rebelde de la mujer, se molestó por la proposición, y volvió a rechazarla, alegando que no era digno de ultrajar aquel precioso cuerpo con los vulgares fluidos de la pasión, y que si eso ocurría, dejaría de ser hermosa y pura. La musa de carne y hueso, desafiante, lo miró fijamente a los ojos, y confirmó lo que Julio más temía: que la poesía es realidad, se palpa, se siente, se vive, y que él era un infeliz que nunca, nunca, nunca se atrevió a acariciar la poesía con sus manos. Cabizbajo, el poeta enmudeció, más perturbado que nunca. Ella, con el semblante triste, se compadeció de él; se vistió con calma para luego desaparecer de su hogar, sin despedirse. Aquella noche, la melancolía se apoderó de aquel hombre que pasó toda la madrugada en vela, delante de la pantalla, en blanco, del ordenador portátil; en la mesa del despacho, montones de tomos de poesía, ediciones especiales de coleccionista que había revisado varias veces; también habían ejemplares apilados de su propia obra, así como un folio garabateado con unos pocos versos peregrinos, a pluma estilográfica, y una botella de whisky, casi vacía. Meditabundo, jugueteaba con los cubitos de hielo de su vaso. No sabía si extraer más alcohol del mueble bar para seguir esperando a la inspiración, o concretar un plan para convencer al editor de compilar sus poemas amorosos en una tercera antología poética.

ANA PATRICIA MOYA

Un pequeño homenaje a Miguelanxo Prado

(Imagen: Crystal Barbre).

(Publicado en el número 38 de “La manzana poética”).