UN POEMA Y UN RELATO INÉDITOS

PATRICK BREMER

PAUTAS PARA ESCRIBIR UN POEMA

 

Extrae tu corazón

-sin delicadeza-

 

mantenlo entre tus manos ingenuas,

aprecia cuánta belleza en bruto

 

-la porquería de(l) existir

en cada sístole \ diástole-

 

y cuando termines de observar,

ocúltalo en su hueco

 

protégelo: es tu punto débil

(lo que te hace fuerte)

 

y jamás te permitas

jamás

despreciar o ignorar su ritmo

 

porque de ahí brota la pureza

 

el poema desnudo.

 

ANA PATRICIA MOYA

Imagen: Patrick Bremer

SERGE GAY

LECCIONES QUE JAMÁS SE APRENDEN

“¡Vaya tía petarda!”: eso piensa el muchacho que escucha, desmotivado, los poemas de aquella elegante mujer. El novel se aburre: es lógico, no es su estilo. Él va de innovador, de auténtico transgresor: lo que declama con parsimonia aquella mujer de intachable reputación estaba desfasado, fuera de lugar; “¡joder con los dinosaurios de la poesía, que sólo escriben sobre las mismas cursiladas!”, critica para sus adentros. Al concluir la señora, se cede el turno de aquel que había nacido para demostrar que las cosas habían cambiado; se levanta, muy digno, y se coloca frente al estrado; abre su poemario de reciente publicación y empieza a soltar, según los pensamientos de la experimentada poeta que prefiere permanecer en la sala por educación, “nada más que groserías y zafiedades”. De su boca, versos en voz muy alta que reafirman su condición de maldito y profeta de medio pelo – “angustia existencial”, “sociedad injusta”, “mi fracaso es el éxito”, “mi ombligo es la salvación”, etc -; “vaya futuro más negro le espera a la lírica con semejantes inútiles”, murmura, anonadada, la artista casi cuarentona. La promesa joven de la poesía concluye su diatriba y así finaliza el ciclo de recitales; se reúnen los participantes para intercambiar impresiones y al final optan por almorzar en un restaurante cercano. Casualidades de la vida: quedan sentados juntos. No se dirigen la palabra; se lanzan miradas furtivas, cargadas de desprecio; él no puede creer que ella tenga un importante premio nacional y ella considera paranoicas las críticas favorables y exageradas las alabanzas a su obra temprana. Transcurren las horas, la reunión de poetas de ambas generaciones continúa amenizándose; la noche se instala en aquel antro postmoderno donde las lenguas se desinhiben con el alcohol, y del odio al deseo, un paso: él y ella se trasladaron al hotel para follar, con urgencia. Ni juventud, ni experiencia: no hay poema más eterno que el de la carne. En la madrugada, ella partirá hacia la estación de tren, relajada, deseando llegar al hogar para escribir sus artículos semanales sobre el rumbo erróneo de la poesía contemporánea, y quizás algunos versos – con rimas – sobre un torpe chaval al que rechazó por carecer de madurez; él volverá a casa de sus padres, excitado, desayunará tostadas con café y luego, como un loco, buscará su ordenador portátil en su habitación caótica para relatar la anécdota y así presumir de que se había hecho el amor con un fraude. Los poetas prefieren enfermar de orgullo y no admitir que la poesía no entiende ni de pasado, ni de presente, ni de futuro: es eterna, tan eterna como esas pieles resbalando entre sí, sin cuestionarse nada más que sentirse, como las de esos dos que chocaron hasta rendirse a la evidencia del orgasmo compartido.

ANA PATRICIA MOYA

Imagen: Serge Gay Jr.

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