LAS SALINAS DEL ALIENTO, de Manuel Guerrero Cabrera – Tres poemas

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LAS SALINAS DEL ALIENTO, Manuel Guerrero Cabrera
Los Libros del Laberinto, Colección Anaquel de Poesía

LAS PUPILAS DE DIOS

                                               A Ana Patricia Moya

“Las pupilas de Dios
no contemplan los trenes”.
Dolors Alberola

I

También te lo preguntas diariamente
y en silencio le acusas de frialdad.
Pero Dios no contempla los gobiernos,
ni sus proyectos contra las escuelas
o contra la dolencia del perro abandonado
de nuestros hospitales.

Sus ojos no se fijan en las armas,
en los espejos negros de las ciegas pantallas
o en los trenes que un día se retrasan
como la despedida del verano.

Las pupilas de Dios no contemplan aquello
que haya sido forjado
en la fragua del tiempo de lo humano.

Pues Dios no es frío,
ni olvidadizo,
ni indiferente
con lo que Él ha creado.
Simplemente no se hace responsable
de lo que hagamos
con el fruto del árbol
del bien, del mal.

II

La fuerza del árbol de mi senectud
se quiebra entre aflicciones y desánimos.
Los himnos del pasado se conjuran
en el crujiente otoño de las hojas.
Gozo soñado es gozo y también sombra,
el sueño de una mueca del pasado.
Hendido por el rayo en desaliento,
la ceniza del tiempo quedará
como un agrio recuerdo que me endulza
el deseo imposible de la gloria.

CAMPEONES

De niños en el patio del colegio,
todos querían ser Oliver Atom,
no porque el blanco fuera su color,
sino porque jugaba como un santo
que tenía las alas de Redondo,
y de Bebeto y Laudrup lo mágico.

Los que chutaban fuerte (y los que menos)
imitaban a Mark Lenders gritando
“’¡¡tiro del tigre!!”, nombre pegadizo
pero nada efectivo para el ánimo
de nuestros compañeros y rivales,
por un balón amigos en un patio.

Nadie quería ser Benji ni Warner
si había que jugar bajo los palos:
demasiada arrogancia para un puesto
en el que nunca fueron valorados.

Y luego estaba yo que me gustaba
el estilo de Julian Ross, del Mambo:
decidido, sencillo, inteligente,
admirado, veloz y enamorado;
en cambio, le fallaba el corazón
al personaje más corazonado…

A muchos les costó crecer de golpe
y entender lo que atrás hubo quedado…
El corazón también se nos rompió,
como a Julian Ross, cuando
dejamos de ser niños en un patio.

LOS POETAS DEL DÍA A DÍA

Los poetas del día a día escriben
entre sueños al alba
y en los descansos que la ley requiere
a las grandes empresas (y a las pymes).
No tienen derecho a la escritura
en el momento en que la musa inspira,
ni atención administrativa válida,
cuando forjan metáforas
merecedoras de pertenecer
a las mejores fraguas literarias.

Emplean los semáforos en rojo,
la indiferencia en las ofertas diarias
y el sorbo del reposo,
para apuntar el verso en el reverso
de una de sus facturas.

MANUEL GUERRERO CABRERA

FAST POETRY, COLABORACIÓN PARA LA GALLA CIENCIA (artículo de opinión)

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FAST POETRY

(SOBRE LA POPULARIZACIÓN DE LA POESÍA)

 

Once de la mañana: toca incursión al supermercado para adquirir unas cuántas cosas (sí, soy la típica despistada que peca de comprar regalos a última hora). Después de conseguir todo lo necesario para quedar bien en estas entrañables fechas de felicidad y consumismo (por presión social y familiar), de camino a la caja rápida algo llama poderosamente mi atención: en el pasillo, entre las estanterías metálicas de turrones y perfumes, una con algunos libros. Inspecciono las baldas (quién sabe si encuentro algo interesante) y allí están bien colocaditos best sellers y libros de famosos youtubers (mi gozo en un pozo) y, para mi asombro, algunos poemarios. Estamos acostumbrados a ver ejemplares en los grandes almacenes (reconozco, sin vergüenza, que son muy socorridos para salvarte del apuro); lo que me choca es que la poesía, considerada desde hace mucho tiempo como un “género menor”, compartiendo espacio con novelas y demás. De las librerías especializadas al cesto o carrito de la compra: la poesía se populariza, y eso es muy positivo, pero hasta cierto punto.

No me sorprende la lógica selección de títulos poéticos expuestos: pertenecientes a grandes sellos editoriales, con unas portadas de diseño llamativas (y, por deformación profesional, admito que las cubiertas son preciosas). Estoy familiarizada con la denominada poesía de la “generación encantada” (término acuñado por el poeta David González), y no sólo por una experiencia editorial previa (y en la que puedo jurar, por activa y por pasiva, que si hubiera tenido un mayor poder decisorio, determinadas obras no hubieran sido publicadas por cuestiones de criterio personal), sino también por lo que investigo en la red. Sí, soy de esas que todavía revisa blogs y demás espacios virtuales: a saber cuántos diamantes en bruto nos estamos perdiendo porque sus autores no se relacionan con los agentes adecuados o no son lo suficientemente guapos y modernos. Antes de agenciarme un título, me informo para garantizar la inversión (es lo que tiene la maldita precariedad); suelo abstenerme de determinados nombres porque no me transmiten nada. Yo no soy crítica literaria: no tengo licencia para evaluar si estos libros se pueden categorizar como poesía. Claro que puedo reconocer si un poema está bien construido, si el poeta apunta maneras o incluso si se pueden rescatar fragmentos. Esta actitud de resaltar los puntos fuertes (vuelvo a insistir, desde la subjetividad: no es para quedar bien, se trata de discernir entre lo válido y lo desechable del contenido) no sirve absolutamente para nada: la ausencia de autocrítica es muy frecuente en el mundillo literario – y por extensión a todos los campos artísticos -, y muchos autores, en especial, los sobrevalorados que se retroalimentan de halagos en grupo, les cuesta encajar la crítica constructiva (si es desde el respeto: aceptarla como una lección de aprendizaje), y si no es capaz de ser exigente consigo mismo, es improbable que sepa aceptar las discrepancias. De ahí a los encarnizados debates en las redes sociales – campo de batalla de simpatizantes y detractores -, medios donde estos autores se desenvuelven con soltura para promocionarse y captar la atención de lectores (totalmente legítimo: dominar las herramientas de la red es esencial para difundir la obra); a veces, no hace falta que éstos se pronuncien porque los fans defenderán a capa y espada a sus ídolos mientras los sufridos entendidos en la materia se escandalizan con esta poesía “facilona” u “hormonal” (o peor aún, post-adolescente).

Este fenómeno fan explica, precisamente, la presencia de algunos de estos libros en los centros comerciales. Les funciona a las grandes editoriales, de momento (son previsibles los cambios de tendencia: las modas, por suerte o por desgracia, son cíclicas) la nueva fórmula: cuántos más seguidores tenga tal o cual autor, mayores probabilidades de éxito. Tener muchos amigos agregados no es sinónimo de calidad, naturalmente, pero sí se traduce en rentabilidad. Yo he bautizado estos peculiares productos poéticos como fast poetry: poesía de “consumo rápido”, de “lectura ligera”, sin más pretensión que la de entretener (exactamente igual que los best sellers, con independencia de su calidad literaria). Estas obras poseen su nicho de mercado: los miles de seguidores que se aglutinan en Facebook, Youtube, Twitter, Instagram, entre otras plataformas y que, estadísticamente, son chicos y chicas jóvenes que se identifican con las inquietudes reflejadas en las páginas de estos libros. Esta poesía tiene su público y esto es favorable: aproximar el género a sectores juveniles (hartos de tragarse las lecturas de la escuela o instituto); el dilema estriba en que estos consumidores, o se estancan en los mismos tipos de textos y demandan más títulos idénticos, sin sentir curiosidad por ampliar horizontes, o cuando pase la fiebre se acabe “el rollo de leer”. Por eso, es un milagro que los chavales se interesen por un género tan denostado.

El lado oscuro: el abuso por parte de las editoriales para posicionarse en las listas de ventas. La “fabricación” del poeta es similar a la de un cantante o grupo dentro de la industria musical: se potencia un fenómeno con unas características concretas, las que se determinen según las circunstancias; se explota el filón, se crea la “necesidad” de consumir y esperar beneficios. Si ya cualquiera puede ser cantante siempre y cuando haya detrás una potente campaña de marketing, también cualquiera puede ser escritor: ahí radica la perversión. Gracias a las herramientas de Internet y a sus múltiples opciones para publicar, se ha multiplicado el número de autores que buscan su oportunidad y acuden a las fórmulas de la coedición o la autoedición. ¿Cómo discriminar entre tantos aspirantes? Fijarse en si su presencia es más o menos notable en las redes y contabilizar el número de seguidores. Porque todo se mide en términos matemáticos y económicos.

En mi vicio de analizar desde un triple punto de vista: como editora, me entristece que los criterios de calidad sean extrínsecos a la obra en sí; que muchas editoriales independientes y alternativas, para garantizar la supervivencia – los negocios son así – tengan que recurrir a la publicación de autores que no destacan precisamente por su poesía pero sí por otros factores; que los miles de fans acérrimos no se acerquen a otros catálogos editoriales; que los muchachos y las muchachas abandonen el hábito de leer por pereza, porque la poesía de tal o cual fue una moda pasajera. Como autora, me desagrada que haya talentosos compañeros con una trayectoria intachable que no reciban ni una oferta para publicar; que otros poetas por méritos no puedan competir en igualdad de condiciones; que cualquiera ya puede ser escritor; que existe cierta intrusión profesional y los autores mediáticos ensombrecen a los vocacionales. Y como lectora, me jode tirarme horas y horas rebuscando en una librería especializada de confianza algunos títulos concretos: con lo fácil que sería plantarse en el super y tener delante ese libro que tanto deseas para tu biblioteca.

No quiero que se me malinterprete, que algunos literatos son muy susceptibles (en especial, aludidos y colegas de la nueva hornada de poetas encantados) y suelen mezclar las churras con las merinas: no me molesta, en absoluto, que los poetas invadan los estantes de los grandes comercios, al contrario, estoy a favor de sacar la poesía fuera de sus entornos tradicionales (del ámbito culto o académico), que se escuche en recitales (sea en bares o eventos culturales de carácter oficialista) o que se fusione con otras disciplinas artísticas; en suma, que la poesía se exhiba en un lugar tan cotidiano me parece estupendo. Distinto es que la poesía abarque más que estos autores de fast poetry y que no tenga la visibilidad merecida: porque no todos los poetas son visibles, permanecen escondidos y merecen su oportunidad.

Cuando me marcho cargada de bolsas, pienso en utopías: una sección de poesía en el supermercado. ¿Demasiado vulgar, demasiado atípico? Profundizando: ¿está la poesía en el lugar que le corresponde? No lo sé, la verdad, y eso me frustra un poquito.

ANA PATRICIA MOYA

http://anapatriciamoya.lagallaciencia.com/2016/01/fast-poetry_27.html

UN RELATO EN REVISTA LITERARIA VISOR (NÚMERO CINCO)

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APARIENCIA

El marido se levanta temprano: tiene una importante entrevista de trabajo. Su mujer, entusiasta, le anima; si le contratan en la empresa, su existencia cambiaría radicalmente: podrían afrontar la hipoteca, las deudas que se amontonan en el buzón, incluso mudarse a un piso más grande que el suyo y en el que se encontraba hacinada la familia. Él, más pragmático, prefiere no ilusionarse, es consciente de que con cincuenta y tantos, en la situación del mercado laboral, no se propicia el reclutamiento de personas con tanta edad y experiencia. Dos años y medio en el paro marcan, pero tal y como le recuerda su esposa mientras saca del armario un elegante traje de chaqueta con corbata que sólo se utiliza para eventos importantes, tales como bodas o comuniones: hay que resistir, agarrarse a la oportunidad como si se tratara de un clavo ardiendo, que el subsidio se agota, y que sea lo que Dios quiera. La abuela despierta a los críos, quejumbrosos por el escaso desayuno (un vaso de leche y unas galletas) y la falta de ganas de asistir a la escuela. Le piden a la madre dinero para el almuerzo del recreo, y como hasta el viernes no entra nada en la casa, los ilusiona con el bocadillo de jamón serrano más grande que jamás hayan visto, con su buen aceite de oliva y su tomate, para que presuman en el patio del colegio frente a los maleducados que se ríen de ellos, con sus crueles: “¡son unos niños pobres, son unos niños pobres!”. Se marcha el padre con sus hijos; el abuelo sigue roncando profundamente desde la litera; la suegra, aplicada, limpia los baños mientras la madre recoge la cocina y el comedor. Al finalizar las tareas domésticas, la abuela, antes de marcharse a la residencia para jugar a las cartas o al bingo con sus amigas, entrega a la madre un sobre con billetes para ir al mercado. La señora resguarda el sobre en el bolso, agarra el carrito de la compra e introduce una bolsa de basura, enorme, en su interior, con cuidado de que la abuela o el abuelo, recién levantado para tomar su vermú en el bar de la esquina y preparado para una interminable partida de dominó, la pillen. Sale a la calle, apresurada, rumbo a uno de sus sitios favoritos; entra en el edificio, se refugia en los aseos, extrae del carrito la bolsa negra y, de la misma, un abrigo de piel de zorro auténtico y un collar de perlas auténtico, herencias de la madre, que Dios la tenga en su gloria; maquillaje de marca y perfume caro, detalles valiosos del marido por aniversario de boda. Se arregla, a conciencia; coloca un papel de “averiado” en la puerta del aseo para esconder el carrito, y se pasea por el Corte Inglés, con su disfraz de mujer de alta alcurnia, recorriendo los pasillos, con la cabeza bien alta, apreciando el género, las ofertas, charlando con las clientas o las dependientas. Cuando llega la hora de recogerse, la mujer vuelve al cuarto de baño para transformarse en maruja de clase obrera. Con discreción para que los guardias de seguridad no descubran su secretillo, sale del centro comercial, rumbo al mercado del barrio, para aprovechar los buenos precios del pescado fresco o la fruta a granel. Le urge terminar pronto porque espera una llamada de teléfono para exigir sus servicios como limpiadora a domicilio, trabajo que hace algunas tardes para sacarse un jornal de cuantía poco elevada, pero suficiente para complementar la ayuda por desempleo.

Ni el padre, ni los niños, ni los abuelos saben en qué se entretiene la madre algunas mañanas; nadie sospecha qué hace esa mujer risueña que se divierte con las visitas a esos grandes almacenes para jugar a las damas distinguidas; porque ella no pierde la esperanza, porque sabe que algún día, y no muy lejano, la suerte se volcará con su familia, y podrá ir a comprar al Corte Inglés las veces que le plazca, y siempre se presentará allí agarrada al brazo de su santo esposo y acompañada de sus hijos, con su abrigo de visón que olerá a Christian Dior, exhibiendo sus joyas doradas de diseño italiano, luciendo una amplia sonrisa que demuestre con honestidad al mundo que no sólo es una señora en apariencia: la clase se lleva por dentro, y ella, que insufla valor a su esposo para que no decaiga, que se sacrifica para alimentar a sus vástagos, que auxilia a sus mayores con todo el cariño y que conoce la humildad absoluta, lo sabe. Lo sabe. Mejor que nadie.

ANA PATRICIA MOYA

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