DOS RELATOS INÉDITOS (de terror)

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ROBERTA FLACK

Aparto la cortina: tras el cristal de la ventana, el viento agita, furioso, los árboles; un relámpago lejano avisa de la próxima tormenta. Noto el frío en los huesos; apilo leña en la chimenea, le prendo fuego. Me aproximo al viejo tocadiscos; escojo mi LP favorito, coloco la aguja en el vinilo, y a los pocos segundos, la elegante voz de Roberta Flack, que resuena en los altavoces de la estancia. Embelesado por la hipnótica canción de la diva del soul -“I heard he sang a good song, I heard he had a style,  and so I came to see him, to listen for a while, and there he was, this young boy, a stranger to my eyes…”-, me encamino hacia la cocina, chasqueando los dedos. Mi estómago ruge: no he comido nada desde ayer, así que me preparo algo ligero: un sándwich de jamón, queso y lechuga; saco una cerveza del frigorífico y ceno tranquilamente, sentado en la tupida alfombra de la salita, observando las llamas danzarinas. Afuera, la lluvia cae con violencia: las cabezas disecadas de animales que decoran las paredes, los rocambolescos trofeos de los estantes y demás muebles de madera tiemblan. Me percato de que es muy tarde: el reloj de péndulo marca las once de la noche. Ya es la hora. Me incorporo; subo al máximo el volumen de la música, arrojo la lata vacía y los restos del plato al cubo de la basura; de la vinoteca, extraigo una botella, tomo una copa y compruebo que en el bolsillo de mi chaqueta tengo el paquete de tabaco y el mechero. Silbando, muy animado, cruzo el pasillo; bajo, despacio, las escaleras que me conducen al sótano. Enciendo el interruptor de la luz, y allí estás, recostado en la camilla, desnudo, amordazado, atado de pies y manos, apestando a sudor, orín y miedo. Los efectos de los somníferos ya han remitido: abres los párpados, y al percatarte de mi regreso lloriqueas. Me limito a contemplarte, sin articular palabra alguna; me enciendo un cigarro, y mientras se consume, medito; mientras, tú, tan nervioso, agitas tu cuerpo. De nada te va a servir que supliques. Aplasto lo que queda del pitillo en una plancha metálica y me decido al fin. Me sirvo una copa de vino; me pongo la bata, los guantes de látex, la mascarilla; me sitúo delante de la mesa de herramientas para escoger, de entre todo este material quirúrgico improvisado, las tenazas oxidadas; el pánico se apodera de ti, y te cagas encima. Pero el aroma a mierda no me va a disuadir: estoy más que preparado para impartir justicia. Sí, quiero ser tu verdugo, quiero que experimentes lo mismo que mi hijo, al que violaste y desmembraste por pura diversión. Voy a purificarte: despídete de tu polla y de tus testículos, hijo de la gran puta. Te vas a arrepentir de todos tus pecados. Un trago de este exquisito reserva que he conservado, desde hace tiempo, para celebrar este triunfo, y luego tu asquerosa sangre me salpicará mientras tatareo ese hermoso estribillo: “Strumming my pain with his fingers, singing my life with this words, killing me softly with this song, killing me softly with this song…”

SANTIAGO CARUSO

COLCHA MÁGICA

– ¿Echas de menos a papá y a mamá, cariño?

La niña, absorta en sus pensamientos, no respondió. Su tía le entregó su peluche favorito, y después de comprobar que la estufa estaba a máxima potencia, la cubrió con las sábanas. Consideró que su actitud se debía a la ausencia de sus padres, que llevaban varias semanas viajando por motivos laborales; le preocupaba su extraño comportamiento, impropia de una chiquilla risueña y parlanchina: desde que llegó al apartamento, hablaba lo justo, incluso algunas madrugadas la sorprendió deambulando por los pasillos de su hogar. Por eso intentó, de nuevo, sonsacarle los motivos de su malestar:

– ¿Te ha pasado algo en el colegio? – Le apartó el flequillo para besarla en la frente. – ¿Se ha vuelto a burlar de ti ese niño tonto de la clase B?

Su sobrina permaneció en silencio, cabizbaja: abrazó a su muñeco y suspiró. Resignada, decidió no insistir para no incomodar a la pequeña: ya tendría ocasión de discutir con su hermano y cuñada si existían problemas en la escuela que explicasen su sonambulismo.

Se le ocurrió una idea para intentar animarla.

– Vamos a hacer una cosa, ¿vale?

Salió de la habitación de invitados; al minuto, la mujer regresó, cargada con un enorme edredón de colores chillones; consiguió captar la atención de la niña, que dejó de distraerse con el juguete:

– ¿Sabes qué? ¡Esta colcha tan bonita es mágica! Me la regaló la abuela cuando yo tenía tu edad. – Sonrió, nostálgica: en efecto, a pesar de que tenía algunos remiendos por el desgaste, poseía un gran valor sentimental. – ¡Tiene el poder de protegerte de la tristeza! Siempre duermo con ella. Tócala, ¡mira qué chulada!

La chiquilla acarició el viejo cubrecama, de flores estampadas; la contempló, detenidamente: el diseño era horrible, pero al tacto era suave.

Despacito, apartó las manitas del edredón. Su rostro se tornó pálido. Su cuidadora se asustó:

– ¿Qué te ocurre?

Al fin, murmuró sus primeras palabras:

– No, tita, no.

Extrañada por la reacción de su sobrina, replicó:

– ¿Por qué no, nena? – Acarició su mejilla, con dulzura: parecía asustada.

– Tú lo necesitas…

La joven tragó saliva: no comprendía absolutamente nada.

– Entonces… ¿no la quieres?

La niña, desconfiada, negó con la cabeza.

Era demasiado tarde: el reloj marcaba las once y media. Mañana tocaba levantarse temprano para trabajar. “¡Cosas de críos!”, concluyó para sus adentros, agotada.

– ¿Sabes una cosa? Creo que ti te hace más falta, ¡princesita! Está noche vas a dormir de maravilla. – Estiró la colcha sobre su cuerpecito: la niña no rechistó. – Ahora, te voy a contar un cuento…

Treinta minutos después, con “y vivieron felices y comieron perdices”, la propietaria del piso se aseguró de que conciliaba el sueño; apagó la luz y salió de la habitación; exhausta, se derrumbó en el colchón.

A la nada, un sollozo infantil la alertó. La joven sintió un escalofrío que recorrió toda su espina dorsal; se incorporó, desconcertada; se llevó la mano a la garganta: le costaba respirar. Sintió una extraña opresión en el pecho.

La puerta de su cuarto chirrió; en el umbral, apareció la niña en pijama, temblando, arrastrando su juguete por el suelo; señaló a la muchacha con el dedo y balbuceó:

– No estás protegida, tita…

Y entonces ella notó como algo frío y viscoso que surgía debajo de su cama la agarraba del pie…

ANA PATRICIA MOYA

Imágenes: Olivier de Sagazan y Santiago Caruso.

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