“ELEFANTE”, RELATO GANADOR DEL III CONCURSO DE RELATO ARTEFACTO (PRIMER PREMIO)

 

ELEFANTE

“Teme a quien te teme, aunque él sea una mosca y tú un elefante”.

Muslih-Ud-Din Saadi

Frente al espejo, su rostro enrojecido a causa del acné, los prominentes lóbulos de las orejas, la nariz afilada. “¡Elefante, elefante!”. Extrajo del armario una cuchilla y un bote de espuma para afeitarse el escaso vello. Lo hacía para complacer a su chica, “estás más guapo sin ese horrible bigotillo”. “¡Eres un tonto del culo que todavía no tiene ni pelos en los huevos!”. Se cortó la mejilla derecha. Se lavó la sangrecilla con agua templada del lavabo y se cubrió la herida con un apósito. Rozó, con cuidado, el pómulo izquierdo. Se quejó: aún dolía. “Me chiflan tus cicatrices, cariño”, le confesaba siempre ella cuando se desnudaban en aquel paraíso de cortinas rosas, estanterías llenas de peluches y muñecos, con ese agradable aroma a vainilla dulzona, aroma que lo embriagaba hasta desfallecer en el colchón; el refugio de cuatro paredes con los pósters de los grupos Dire Straits y The Animals. Ella, sus pequeños senos, su cara pecosa, sus caderas estriadas, su pubis sin rasurar. Ella, la que después de hacer el amor, le llevaba a la cama una enorme bandeja con un delicioso desayuno – tostadas con mermelada, sirope de arce o mantequilla de cacahuete, zumo de naranja, plato de cereales de chocolate y crujientes galletas de nata – “para el chico más dulce del mundo”.

No importaba si su novia le hacía sentir tan especial. Él era un fracasado, un pringado. “No te la mereces, monstruo, ¡no sé qué ha visto en ti!”, le increpaban los muchachos cuando ella iba a recogerlo al instituto en su motocicleta. Y ella, tan encantadora, tan enamorada, lo consolaba cuando le colocaba el casco y lo besaba apasionadamente delante de aquella panda de cretinos que respondían con muecas de asco: “No les hagas caso, mi amor, tú eres hermoso, muy hermoso”. Sí. Ella y su magia para hacer más soportable la existencia, la única que los fines de semana lo transportaba a otro mundo, al de las miradas cómplices entre las sábanas perfumadas a suavizante, de los paseos soleados en el parque de la gran avenida para jugar con sus mascotas, a los días de lluvia en su apartamento, recostados en aquel sillón de piel, cubiertos por una manta, compartiendo un cuenco de palomitas, latas de refrescos o botellas de cerveza de importación para celebrar acontecimientos importantes. Sí. Ella era increíble. Era perfecta, a pesar de sus mosqueos cuando no conseguía controlar el mando de la consola y perdía todas las partidas al Pong, a sus pucheros cuando se resistía a ver películas de zombies en el cine, su innata capacidad para sacar de quicio cuando discutían acaloradamente sobre el futuro, sobre si estudiar ingeniería o artes en la universidad tal o cual. Sí. Era caprichosa, infantil y terca, pero la amaba tal y como era. Perfectamente imperfecta.

Sin embargo, la cruda realidad se manifestaba de lunes a viernes: Durante la jornada de rutinas escolares, los compañeros del instituto se la tenían jurada tan sólo porque sí. Le recordaban, a cada momento, el desprecio por un cuerpo que ellos consideraban deforme, también por su carácter reservado. Y es que él no era un precisamente un alumno modélico: había repetido curso en dos ocasiones, aunque siempre se empeñaba, con todos sus esfuerzos, en superar, a duras penas, la barrera del suficiente. Bajito, flacucho y desgarbado, no poseía habilidades para practicar algún deporte: siempre lo escogían el último para repartir los equipos. En clase de educación física, cuando tocaba fútbol, baloncesto o béisbol, los chicos más aptos del grupo procuraban sentarlo directamente al banquillo, para que no estorbara demasiado. Aparte de su torpeza, el asma y la anemia lo apartaban de las pistas, motivo por el cual suscitaba el recelo del resto de los chicos que, castigados por duras sesiones de entrenamiento, se mofaban de él, entre jadeos y abucheos, por ser el “niño bonito” de “el calvo ese al que le chupas la polla para librarte de hacer ejercicio, ¡so vago!”, y ese mismo profesor siempre le restaba importancia a los ataques verbales, con sus típicas palmaditas en la espalda y sus nada convincentes: “no les escuches, hombre, que están bromeando”. Precisamente no era el único que prefería mirar hacia otro lado y no involucrarse en conflictos de adolescentes hormonalmente inestables: el resto de los docentes del centro estaban más ocupados en otros menesteres, como impartir temarios dentro de las aulas y corregir exámenes, y por eso no disponían de la energía necesaria para controlar a la manada de alborotadores que acosaban a otros chavales más apocados. En el caso de las compañeras, quizás eran más crueles con él: los chismorreos de turno en el patio de recreo realmente no le afectaban; la mayoría de cosas que escupía aquel grupito de estúpidas niñatas eran bulos que se inventaban con tanta imaginación, en su afán de acaparar la atención de los machos que cumplieran, o no, con sus exigencias y así marcar territorio frente al resto de hembras no populares; a lo que no se acostumbraba era a los inesperados empujones, patadas y puñetazos por parte del club de amigos y simpatizantes de aquellas que, con sus mentiras – “¡el muy baboso me ha mirado raro!”, “¡este cerdo ha intentado tocarme!” – nutrían una violencia sin sentido y que, con el tiempo, se recrudecería.

Sí. Costaba soportar aquel bachillerato de humillaciones. Estaba harto de “dame el dinero del bocata o te rajo, pedazo de cabrón”, harto de “por tu culpa hemos sido eliminados de los cuartos de final, ¡memo!”, harto de “deberías de estar muerto”.

“¡Te apesta la boca!”. Mientras se cepillaba los dientes, el reflejo le devolvía la imagen de un monstruo que no era aceptado por otros monstruos. Maldijo su cabello rubio, casi albino, sus orejas de soplillo, la nariz aguileña, las bolsas de los ojos, la boca carnosa. “¡Qué feo eres joder, pareces un puto elefante!”. En su interior había germinado la semilla del odio, semilla que ya se extendía por todo su ser hasta que se le retorcían las vísceras con cada “¡eres repulsivo, tío!”, “me pones enfermo, mamón” o “no mereces vivir”. Sintió un pinchazo agudo en el pecho desnudo: reconoció inmediatamente los síntomas. Se sentó en el váter: inspiró, espiró, profundamente, para controlar el ataque de ansiedad. Palpó costado y hombro: la costilla y la clavícula fracturadas por la caída de un barracón; esta era la supuesta versión oficial que despachó cuando fue asistido en el hospital, por temor a que familia y novia interpusieran denuncias con posibles represalias; pero la extraoficial era una golpiza brutal por parte de unos gamberros que lo acorralaron en un cuarto de baño y decidieron partirle los huesos porque corría el rumor de que había intentado besar a la novia de uno de ellos; las lesiones  parecían mejorar, pero, obviamente, existía riesgo de que empeoraran por el maltrato constante.

Remitida la taquicardia, se incorporó para proseguir con el aseo. Se enjuagó la boca, se peinó con gel fijador. “¿Sabes? Te pareces a Sid Vicious. Me encanta.”, le comentaba su novia, fan acérrima de los Sex Pistols. Él, naturalmente, no se encontraba el parecido, aunque le fascinaba el punk. Se perfumó con colonia, se secó las manos y salió del cuarto de baño. Arrojó la toalla a su cama aún deshecha. Sacó un disco de vinilo de la funda y encendió el tocadiscos. En los altavoces, los primeros acordes de Seventeen, su canción favorita del álbum. Subió el volumen. Y se dejó llevar, yendo de un lado para otro, canturreando “See my face, not a trace, no reality, oh I don´t work, I just speed…”, mientras ordenaba la estancia para evitar las regañinas de papá y mamá.

Cuando concluyó, abrió la ventana para recibir el aire fresco de la mañana. Se asomó al exterior: Un día espléndido. En el jardín se encontraba su padre, paseándose, distraído, con un café en la mano y en la otra el periódico. El perro, tan travieso, se revolcaba en el césped húmedo, y mordisqueaba la manguera, pero el padre, absorto en las noticias locales y en su taza, lo ignoró. Se topó con la mirada de la vecina de la casa de al lado, a la que saludó con un gesto de la mano aunque ella, que parecía sonrojarse, se escondió detrás de la cortina, aunque le devolvió el saludo; parecía simpática la chica, sí, lástima que por su delicado estado de salud – o eso decían al menos los del  vecindario – apenas saliera a la calle. De repente, apareció su madre que, en vez de regañarle por tener la música tan alta, salió disparada hacia el garaje: había que dejar al hermano pequeño en el colegio y era demasiado tarde. En efecto: el reloj de su mesita de noche indicaba que las clases empezarían dentro de veinte minutos, y el instituto se encontraba lejos. Pero aquel día optó por no tomar el autobús escolar: Quería caminar hacia su destino.

Se vistió con una camiseta negra, unos vaqueros ajustados y las deportivas desgastadas. Se abrigó con una chaqueta de cuero. Inspeccionó la mochila para asegurarse de que no le faltaba nada. Cuadernos, libros de texto, el estuche, el ejemplar de Las uvas de la ira que había tomado prestado de la biblioteca municipal, los cómics de la Patrulla X y Batman, una caja de tabaco para fumar a escondidas en el callejón, el disco de Nevermind que le había regalado su novia, pañuelos, una bolsa con un sándwich vegetal envuelto en papel y una caja de leche, la medicación y unos cuántos billetes y monedas por si tenía que comprar.  Y sí. Faltaba algo.

Se aproximó a su escritorio y sacó del primer cajón una carta. “Para mi ángel”, rezaba como destinataria. La besó. Del segundo cajón, extrajo una pistola con el tambor cargado y una cajita de balas. “Hoy, al fin, dejaré de ser elefante”, murmuró. Introdujo todo en la mochila, se la cargó a la espalda y salió de la habitación, esperanzado por ganarse el respeto que merecía después de años y años de menosprecios, insultos y palizas.

Ana Patricia Moya

Primer Premio del III Concurso de Relatos Artefacto

Ilustraciones: Dani Soon

TRES MICRORRELATOS, ASPIRANTES AL CONCURSO “LITERATURA A MIL”

6EL [INCONFESABLE] CRIMEN DE CHINASKY

El poeta se percató de que un inesperado visitante se coló por la ventana para posarse en la mesita de noche; desde el otro lado del despacho, sentado en el escritorio, observó al recién llegado. Extrajo del cajón un tosco pisapapeles para arrojárselo, con tal puntería, que impactó en el cuerpecito de la criatura que cayó, fulminada, al suelo. “Putos bichos”, masculló mientras colocaba un folio en el rodillo de la máquina de escribir. Horas después, el gato apareció en la habitación; merodeó el cadáver en su charquito de sangre, lo olisqueó para luego menospreciarlo. “Hasta mi gato detesta las metáforas”, murmuró; dejó de teclear sobre apuestas hípicas, empleos fáciles y pubis de mujeres para agarrar la botella de whisky escocés y brindar por el felino, más concentrado en lamer sus genitales que en el pájaro de precioso plumaje azul que alimentaría a las ratas de aquel apartamento ruinoso.

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Jon-Jacobsen4EL ÚLTIMO HAIKU DEL POETA

Aquella pareja de gaijins demostrándose afecto con tanta pasión en la calle, ajenos a los escandalizados transeúntes, aún no acostumbrados a las decadentes costumbres occidentales, impactó al honorable maestro de haikus de la región. Esa fascinante visión supuso para el poeta el abandono de la senda de la literatura, para asombro de admiradores y detractores. Dejó de escribir los versos románticos que tanta fama le otorgaron en aquellos años gloriosos cuando la inspiración se desbordaba y dilapidó su fortuna en los placeres de prostíbulos de toda la península. Pocos meses después, enfermedades propias de los vicios corrompieron su cuerpo y acabó postrado en el futón de una miserable pensión, sin mostrar arrepentimiento por su licencioso estilo de vida. En su lecho de muerte, las últimas palabras que confesó a un íntimo amigo fue el epitafio del sepulcro que resguardarían sus restos: “el amor: hay que vivirlo, no escribirlo”.

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William-Hundley2USER NONAME98272

Devoró la última galleta. Consciente de lo inevitable, chateó en el hilo del foro con otros hikikomori: “Cero provisiones: cuestión de horas”. Acarició sus muñecas: demasiado cobarde para suicidarse con el cúter. Llevaba días sin obtener información acerca de la epidemia que asolaba el exterior. El olor a restos de comida era insoportable. Resignado, se colocó la mascarilla, dispuesto a explorar fuera de la habitación: después de medio año aislado de una sociedad especialmente cruel con su generación, temblaba como un cachorrillo asustado. Abrió la puerta. Inspeccionó el pasillo. Bajó las escaleras: Ni rastro de su familia. Se dirigió a la calle. Caminó por el vecindario. Ni un alma. Sólo silencio. Observó el cielo, tan hermoso. Pensó, entre sollozos: “¿Seré el nuevo Adán?”. De repente, en el horizonte, el resplandor que anunciaba la extinción. Se arrodilló en el asfalto. Rezó por primera y última vez en su vida.

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ANA PATRICIA MOYA

IMÁGENES: Kyle Thompson, Jon Jacobsen, William Hundley

DOS MICRORRELATOS INÉDITOS

RANDY MORA

FAUNA URBANA

Aquel hombre tan elegante subió al tren, con destino al centro de la ciudad. Al
acomodarse en su asiento, se desajustó la corbata, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y la mancha de carmín del cuello. Sonrió, satisfecho: la cita con aquella atractiva señora había sido todo un éxito. El galán comprobó su teléfono móvil: recibió un mensaje de la mujer; en el mismo, aparte de agradecerle su puntualidad, le confesaba que se sentía impresionada por su actitud madura, a pesar de su juventud. Éste se limitó a teclear una contestación educada, indicando fecha y hora para reencontrarse. Al llegar a su parada, bajó, apresurado, en dirección al cuarto de baño. Cerró el pestillo de la puerta y comenzó a deshacerse del abrigo, traje de chaqueta, zapatos y la maleta de piel que guardó en la bolsa de viaje; de la misma, extrajo unos pantalones vaqueros, una roñosa camiseta publicitaria y unas deportivas sucias. Una vez vestido, frente al lavabo, se revolvió el cabello y se lavó las manos para eliminar los restos de la gomina. Al salir de la estación de metro, volvía a ser “empleado Juan”, tal y como reflejaba la placa de plástico que se colocó en su pecho, un repartidor de comida rápida a domicilio, con afición a disfrazarse de abogado interesante, soltero y exigente, un soñador que anhelaba una vida mejor al lado de alguna incauta que lo mantuviera. El pasaporte a la felicidad era caro: había que pagar con mentiras. Pero él ya estaba demasiado harto de trabajar horas extras, del miserable sueldo que percibía, de convivir con sus padres jubilados en un ridículo piso, y sobre todo, de tener colgado en la pared de su habitación un diploma universitario que le recordaba que era otro perdedor más.

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PRÍNCIPES Y PRINCESAS DEL SIGLO XXI

Entre copas, él presumía de ser un triunfador nato: independiente, emprendedor, generoso. Ella, entusiasmada, aplaudía las hazañas de aquel caballero curtido en mil batallas existenciales. Acabaron la noche, ebrios de alcohol y deseo, en la cama de él. Ella se despertó al amanecer, aturdida por los ruidos de una aspiradora que provenían de la habitación contigua, y sola: el amante se había marchado horas antes para sellar el cartón del paro. En la mesita de noche, una nota de horrible caligrafía; no indicaba algún número de teléfono para volver a contactar, sino una sentencia (“lo siento mucho, yo soy un príncipe, pero tú no serás jamás mi princesa”) y un postdata (“no molestes a mi madre, márchate enseguida”). No tardó mucho en vestirse para huir de aquel castillo ruinoso para dirigirse a un bar, pedir un café con leche y tomar unas pastillas para la resaca. “Otro bufón más”, musitó la mujer mientras subía al autobús que la alejaría de aquel barrio periférico. Durante el trayecto, pensó en anular todas las suscripciones de aplicaciones para conocer hombres interesantes. Sacó el teléfono móvil de su bolso: se entretuvo en inspeccionar perfiles en la pantalla táctil. Y cuando bajó en la parada próxima a su calle, ya tenía concertada una cita para aquella misma tarde con un nuevo aspirante que podría ser el definitivo.

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Ana Patricia Moya

Ilustraciones: collages de Randy Mora.

DOS RELATOS INÉDITOS (de terror)

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ROBERTA FLACK

Aparto la cortina: tras el cristal de la ventana, el viento agita, furioso, los árboles; un relámpago lejano avisa de la próxima tormenta. Noto el frío en los huesos; apilo leña en la chimenea, le prendo fuego. Me aproximo al viejo tocadiscos; escojo mi LP favorito, coloco la aguja en el vinilo, y a los pocos segundos, la elegante voz de Roberta Flack, que resuena en los altavoces de la estancia. Embelesado por la hipnótica canción de la diva del soul -“I heard he sang a good song, I heard he had a style,  and so I came to see him, to listen for a while, and there he was, this young boy, a stranger to my eyes…”-, me encamino hacia la cocina, chasqueando los dedos. Mi estómago ruge: no he comido nada desde ayer, así que me preparo algo ligero: un sándwich de jamón, queso y lechuga; saco una cerveza del frigorífico y ceno tranquilamente, sentado en la tupida alfombra de la salita, observando las llamas danzarinas. Afuera, la lluvia cae con violencia: las cabezas disecadas de animales que decoran las paredes, los rocambolescos trofeos de los estantes y demás muebles de madera tiemblan. Me percato de que es muy tarde: el reloj de péndulo marca las once de la noche. Ya es la hora. Me incorporo; subo al máximo el volumen de la música, arrojo la lata vacía y los restos del plato al cubo de la basura; de la vinoteca, extraigo una botella, tomo una copa y compruebo que en el bolsillo de mi chaqueta tengo el paquete de tabaco y el mechero. Silbando, muy animado, cruzo el pasillo; bajo, despacio, las escaleras que me conducen al sótano. Enciendo el interruptor de la luz, y allí estás, recostado en la camilla, desnudo, amordazado, atado de pies y manos, apestando a sudor, orín y miedo. Los efectos de los somníferos ya han remitido: abres los párpados, y al percatarte de mi regreso lloriqueas. Me limito a contemplarte, sin articular palabra alguna; me enciendo un cigarro, y mientras se consume, medito; mientras, tú, tan nervioso, agitas tu cuerpo. De nada te va a servir que supliques. Aplasto lo que queda del pitillo en una plancha metálica y me decido al fin. Me sirvo una copa de vino; me pongo la bata, los guantes de látex, la mascarilla; me sitúo delante de la mesa de herramientas para escoger, de entre todo este material quirúrgico improvisado, las tenazas oxidadas; el pánico se apodera de ti, y te cagas encima. Pero el aroma a mierda no me va a disuadir: estoy más que preparado para impartir justicia. Sí, quiero ser tu verdugo, quiero que experimentes lo mismo que mi hijo, al que violaste y desmembraste por pura diversión. Voy a purificarte: despídete de tu polla y de tus testículos, hijo de la gran puta. Te vas a arrepentir de todos tus pecados. Un trago de este exquisito reserva que he conservado, desde hace tiempo, para celebrar este triunfo, y luego tu asquerosa sangre me salpicará mientras tatareo ese hermoso estribillo: “Strumming my pain with his fingers, singing my life with this words, killing me softly with this song, killing me softly with this song…”

SANTIAGO CARUSO

COLCHA MÁGICA

– ¿Echas de menos a papá y a mamá, cariño?

La niña, absorta en sus pensamientos, no respondió. Su tía le entregó su peluche favorito, y después de comprobar que la estufa estaba a máxima potencia, la cubrió con las sábanas. Consideró que su actitud se debía a la ausencia de sus padres, que llevaban varias semanas viajando por motivos laborales; le preocupaba su extraño comportamiento, impropia de una chiquilla risueña y parlanchina: desde que llegó al apartamento, hablaba lo justo, incluso algunas madrugadas la sorprendió deambulando por los pasillos de su hogar. Por eso intentó, de nuevo, sonsacarle los motivos de su malestar:

– ¿Te ha pasado algo en el colegio? – Le apartó el flequillo para besarla en la frente. – ¿Se ha vuelto a burlar de ti ese niño tonto de la clase B?

Su sobrina permaneció en silencio, cabizbaja: abrazó a su muñeco y suspiró. Resignada, decidió no insistir para no incomodar a la pequeña: ya tendría ocasión de discutir con su hermano y cuñada si existían problemas en la escuela que explicasen su sonambulismo.

Se le ocurrió una idea para intentar animarla.

– Vamos a hacer una cosa, ¿vale?

Salió de la habitación de invitados; al minuto, la mujer regresó, cargada con un enorme edredón de colores chillones; consiguió captar la atención de la niña, que dejó de distraerse con el juguete:

– ¿Sabes qué? ¡Esta colcha tan bonita es mágica! Me la regaló la abuela cuando yo tenía tu edad. – Sonrió, nostálgica: en efecto, a pesar de que tenía algunos remiendos por el desgaste, poseía un gran valor sentimental. – ¡Tiene el poder de protegerte de la tristeza! Siempre duermo con ella. Tócala, ¡mira qué chulada!

La chiquilla acarició el viejo cubrecama, de flores estampadas; la contempló, detenidamente: el diseño era horrible, pero al tacto era suave.

Despacito, apartó las manitas del edredón. Su rostro se tornó pálido. Su cuidadora se asustó:

– ¿Qué te ocurre?

Al fin, murmuró sus primeras palabras:

– No, tita, no.

Extrañada por la reacción de su sobrina, replicó:

– ¿Por qué no, nena? – Acarició su mejilla, con dulzura: parecía asustada.

– Tú lo necesitas…

La joven tragó saliva: no comprendía absolutamente nada.

– Entonces… ¿no la quieres?

La niña, desconfiada, negó con la cabeza.

Era demasiado tarde: el reloj marcaba las once y media. Mañana tocaba levantarse temprano para trabajar. “¡Cosas de críos!”, concluyó para sus adentros, agotada.

– ¿Sabes una cosa? Creo que ti te hace más falta, ¡princesita! Está noche vas a dormir de maravilla. – Estiró la colcha sobre su cuerpecito: la niña no rechistó. – Ahora, te voy a contar un cuento…

Treinta minutos después, con “y vivieron felices y comieron perdices”, la propietaria del piso se aseguró de que conciliaba el sueño; apagó la luz y salió de la habitación; exhausta, se derrumbó en el colchón.

A la nada, un sollozo infantil la alertó. La joven sintió un escalofrío que recorrió toda su espina dorsal; se incorporó, desconcertada; se llevó la mano a la garganta: le costaba respirar. Sintió una extraña opresión en el pecho.

La puerta de su cuarto chirrió; en el umbral, apareció la niña en pijama, temblando, arrastrando su juguete por el suelo; señaló a la muchacha con el dedo y balbuceó:

– No estás protegida, tita…

Y entonces ella notó como algo frío y viscoso que surgía debajo de su cama la agarraba del pie…

ANA PATRICIA MOYA

Imágenes: Olivier de Sagazan y Santiago Caruso.

RELATO FINALISTA DEL I CERTAMEN DE POESÍA Y MICRORRELATO (DÍNAMO POÉTICA)

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LO QUE NOS ENSEÑARON LOS CÓMICS

 Un callejón oscuro de barrio conflictivo: dos delincuentes asaltan a una mujer; uno le arrebata el bolso, el otro intenta forzarla. De repente, una sombra aterriza, y su puño le parte la mandíbula al violador y se desploma; la señora se desmaya; el ladrón no reacciona a tiempo, y recibe una patada en el estómago; el agresor, ataviado con gabardina mugrosa, sombrero y máscara se presenta: “Soy Darkman, y este es mi bautismo de fuego, seré el azote del mal y…”; su voz se quiebra: el otro chorizo le clava una navaja en la espalda; su compañero consigue incorporarse y dispara al desdichado salvador. Sirenas de coches patrulla anuncian la retirada; los últimos pensamientos del moribundo: ¿qué ha podido fallar, si la justicia siempre vence? ¿Qué coño nos enseñan los cómics? Nada: sólo son ficción para entretener a antisociales freaks con acné. Escupe sangre. La leyenda temprana expira.

ANA PATRICIA MOYA