TRES RELATOS (SEGUNDA PARTE, NUEVO PROYECTO)

PODER

Te sientas en la silla. Quítate la dentadura. Obedeces sin rechistar. Deja que te ponga el babero. Te muestro la cuchara. Vas a comértelo todo. La papilla de verdura entra en tu boca. Tragas. Eso es, muy bien, venga, otra. Vuelves a tragar. Abre más la boca. Así haces. Así hacía yo cuando me colocabas entre tus piernas y sí, podría meterte la cuchara hasta la garganta, como tú hacías. En tu paladar, el sabor de la derrota: me observas con tus ojos hundidos, en silencio. Ya no reconoces a la niña de la que abusabas: ya sólo te queda esta triste enfermedad senil. Te limpio con una servilleta las comisuras de los labios. Ahora tengo poder sobre ti. Retiro el plato vacío. Podría envenenarte, podría agarrar tu cuello y apretar hasta la asfixia. Saco de la nevera una pieza de fruta, la corto en pedazos pequeños. Con este cuchillo clavado en tu pecho podría cortar de raíz con el pasado. Coloco en tus manos temblorosas los trocitos de manzana. Los masticas despacio. Yo me limito a recoger el mantel y limpiar la mesa con un trapo. No son los malditos lazos de sangre los que me impiden matarte: cuando el poder se convierte en misericordia, ya sólo te queda el olvido.

GLORIA

 Pequeño homenaje a David Rubín

Soy un dios reencarnado en el cuerpo de un gigantesco monstruo que llega a la ciudad gris dispuesto a arrasar con todo. Mi entrada es triunfal: con mi cola destrozo edificios de las zonas ministeriales y bancos; pisoteo complejos residenciales, apartamentos y coches lujosos de la costa; con mis afiladas garras atrapo a infelices trajeados para devorarlos de un bocado. Siembro el caos, el pánico y la destrucción hasta que el director, eufórico, grita: “¡muy buena toma, corten!”. Mis compañeros y yo, agotados del rodaje, abandonamos el plató con sus decorados de cartón piedra y plástico. Ya en el camerino, me desprendo de la máscara de reptil mutante para limpiarme el sudor. Me miro al espejo: recupero mi identidad como ciudadano anónimo. Reviso el teléfono móvil: no espero llamadas de mi representante, tampoco ninguna oferta interesante; sólo quiero asegurarme de que me han ingresado la nómina para ir a comprar al supermercado. Suspiro: por hoy, la gloria ha concluido y será retransmitida en la televisión para diversión de niños y no tan niños.

WELCOME TO THE REAL WORLD

“Ánimo”, se dice a sí misma cuando se aproxima el primer cliente. Saludo educado con sonrisa forzada; uno a uno, va colocando los productos en la cinta transportadora para pasarlos por el lector; de repente, un pitido que índica no reconocer el código de barras de una lata de tomate en oferta; teclea, torpe, los números en la caja registradora. ERROR. Otro intento. ERROR. “Mierda”, murmura ante la mirada de aquel hombre que deja de extraer cosas del carrito de la compra. El orgullo no le permite excusarse con “perdone usted, es mi primer día”. La máquina no da su brazo a torcer: ERROR. Con los dedos temblorosos, marca el teléfono del supervisor; aumenta la fila de personas impacientes, algunas resoplan por la incompetencia de la recién incorporada al puesto, otras miran sus relojes de muñeca. El superior se retrasa y ella se siente pequeña; se traga las lágrimas, pero se mantiene firme: “es más fácil escribir”. Sí. Es muy sencillo escribir poemas, pero publicar libros, ganar premios literarios, convertirse en una promesa de tu generación y formar parte de una élite que reparte entradas al parnaso literario a cambio de tu honor no lo es tanto. No, tampoco es fácil sobrevivir en la realidad con sudor, dolores de espalda y cabeza. Allí, indefensa y humillada, es sólo una empleada más que tendrá que aguantar la desaprobación de jefes explotadores y clientes desagradables, broncas con compañeros  que no dudarán en pisotearle el cuello en un descuido, horarios abusivos y un sueldo miserable. Dentro de aquel supermercado, la poeta se siente indigna, pero las malditas facturas no se pagan. con el talento. Welcome, poeta, welcome to the real world.

Ana Patricia Moya

Fotografía: Weronika Gesicka

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TRES RELATOS (PRIMERA PARTE, NUEVO PROYECTO)

TODO SE RESUELVE CON UNAS OPOSICIONES

De madrugada, te abraza la sombra de la hipoteca, y luego, tu chica, con esas ojeras que son idénticas a las tuyas: las huellas de la incertidumbre. El desayuno se te atraganta – sólo galletas de un paquete caducado y pan tostado con mantequilla – por las confidencias en la ridícula cocina: se plantea la necesidad de formalizar burocráticamente que os queréis desde hace años en un juzgado – tu madre, tan tradicional, anhela como testigo de la unión un cura -, pero no hay dinero, no hay tiempo, no hay ganas. Tu pareja refunfuña al revisar el teléfono móvil: le toca lidiar con su empleo – fregar suelos para familias que racanean con su salario -, y tú te adosarás a un escritorio repasando temarios – para este año, ampliados para joder aún más la voluntad y el bolsillo -, durante horas, sólo interrumpidas por las ganas de ir al baño o para beber refrescos energéticos o café para aguantar. Todo lo memorizado se agolpa en tu cabeza y te provoca una migraña que combates con pastillas; luego, tu estómago te avisa de que tienes cuarenta minutos exactos para almorzar algo, ducharte, arreglarte y volar hacia el bar donde haces equilibrios con la bandeja a cambio de unos euros y soportas las amenazas del propietario del negocio – “la cosa está muy mala”: su pretexto favorito -. A las doce y media de la noche, con dolor de huesos – te ha tocado atender a los gañanes que han ido a ver el penúltimo partido de fútbol de la temporada – regresas al cubículo que llamas hogar y allí está tu novia, acurrada en el sillón, sollozando. Tembláis con la confesión “tengo un retraso”. Y te cagas en los muertos de los condones baratos de los chinos y te vuelves creyente de todo el santoral, los mismos santos que adornan las estampitas que te regala la devota de tu abuela para que te ayuden a conseguir esa plaza de una puta vez. El disgusto os quita las ganas de cenar – tampoco hay gran cosa en la nevera – y os acostáis deprimidos, sin ganas de amor. La derrotada mujer con la que compartes cama desde la adolescencia, a tu lado, se duerme entre lágrimas; tú le agarras la mano con firmeza, y la calidez te hace sentir un poco más humano. El miedo te lleva al insomnio, y del insomnio, a la reflexión: ¿vale la pena luchar? “Si quieres prosperar en la vida, estudia oposiciones”. La gran frase de los progenitores. Pero, como bien sabes desde que terminaste la licenciatura, no siempre los padres tienen razón.

VASO DE BOURBON

Otro pequeño homenaje a Miguelanxo Prado

Después de hacer el amor, me invitas a tomar un bourbon. Observo la botella: sí, es de reserva. Te pregunto que cómo puedes permitirte tal lujo, y tú respondes que es el regalo de un íntimo amigo. Me sirves un poco, te recuestas a mi lado y me recitas un poema tuyo. Sí, es precioso: no hace falta que te recuerde que tienes un talento extraordinario y que todo, absolutamente todo lo que sale de tus maravillosas manos, me encanta. Sin embargo, yo sigo aún preocupada por esa cuestión del empleo de dependiente que te ofrecieron en la ferretería y te digo que qué harás al respecto. El tema te incomoda, bien lo sé, y desvías la conversación hacia la literatura de tus adorados escritores malditos. Vuelvo a insistir, y tu buen humor desaparece: me gritas que tú has nacido para ser el mejor de los poetas y que sería un desprestigio aceptar un puesto tan vulgar en una tiendecilla de barrio. Suspiro, doy un trago a mi vaso, y no, no voy a reprocharte nada. Me levanto de la cama para vestirme mientras tú sigues con tu apasionado discurso sobre principios, pero yo, que estoy muy cansada de tu estúpido orgullo te ignoro. Antes de marcharme, clavo mis ojos en los tuyos, llenos de rabia, y no, no me despido de ti: al cerrar la puerta de tu desastroso apartamento, me juro a mí misma no regresar a tus brazos… aunque mi corazón desea que bajes de tu maldita torre de marfil, que tus pies caminen sobre el terreno de una realidad a la que no le importa el hermoso pero inútil arte de los versos. A nadie le interesa lo que tú sientas. A nadie. Ni a mí tampoco.

BRAGAS

A mi lado, está ella, durmiendo profundamente; me gusta contemplarla mientras sueña, pero jamás se lo voy a confesar. La habitación es un desastre: nuestras bragas y sujetadores encima de la mesita de noche, otras prendas desperdigadas por todo el suelo de mi habitación, hasta hay restos de una botella de vino rota bajo el escritorio. Salgo de la cama, me visto con una bata y me voy a la cocina a por café. A mi regreso, me la encuentro ya levantada, bostezando con energía y estirándose. Yo me apoyo en la pared, y la observo embobada: a mis ojos es una mujer bellísima, a pesar de su estatura, su barriguita y sus marcadas estrías. Sí: las imperfecciones me resultan de lo más erótico, y me encanta mirarla. Ella me gusta, y lo sabe. Me sonríe, presumida, y comienza a vestirse. Le ofrezco a que se quede en la cama todo el día si le apetece… ella dice no. Le invito a un almuerzo con los amigos… y rechaza la proposición educadamente. No sé por qué me molesto en insistir, siempre obtengo una negativa por respuesta, pero bueno… la fuerza de la costumbre, quizás. Termina de arreglarse; le da un sorbito a mi taza, me besa en los labios y prometemos vernos el próximo fin de semana. Con el portazo de despedida, otra vez la soledad se instala entre estas cuatro paredes. Después de recoger los cristales, con cuidado, me siento en la cama. Aspiro fuerte por la nariz: acaricio con resignación esas sábanas impregnadas de su fragancia, fragancia que perdurará durante horas. Sí: posiblemente sea una egoísta. Todo es sexo. Estuvo claro desde el primer momento. A pesar de que llevamos meses acostándonos, somos dos perfectas desconocidas. El roce no hace el cariño: hace el placer. Ella se limita a entregarme la piel abierta y evita que le acaricie el corazón. Sí, es egoísta. Muy egoísta. Pero también pienso que yo también soy egoísta por pretender quererla.

Ana Patricia Moya

Fotografía: Maleonn

TRES MICRORRELATOS INÉDITOS (Futuro, El Orgullo de Disney, Amistad)

FUTURO

Reconoció al fracasado que se reflejaba en aquel espejo tan sucio, al adicto a las bebidas energéticas y a los ansiolíticos, al ermitaño que se refugiaba entre temarios y libros de supuestos prácticos. Su cerebro estaba saturado de conceptos legales y técnicos, de esquemas, también de reproches -“¡tenías que haber estudiado una carrera con más salidas laborales!”, “¡no te estás esforzando lo suficiente, tienes que dedicarle más horas!”- y de consejos propios de metomentodos que no tienen ni puñetera idea del infierno al que se someten los aspirantes que se preparan para una hipotética plaza del funcionariado. Mientras contemplaba sus ojeras, su delgadez y sus primeras canas, reflexionó. ¿Aquello es lo que realmente quería? ¿Enclaustarse, drogarse para mantener un ritmo exigente, comer y dormir poco, aguantar la presión familiar por no cumplir unas expectativas? De nuevo, aquel dolor tan agudo. Se llevó la mano al pecho: taquicardia. Intentó calmarse. Algo dentro de él se rompía. Y, de repente, la respuesta. Se cercioró de que estaba completamente solo en aquellos baños; sacó de su mochila apuntes y frascos de pastillas, lo arrojó todo a la papelera metálica; extrajo del bolsillo de su pantalón un mechero y le prendió fuego. Apresurado, salió de la biblioteca. Ya en la calle, sonrió, satisfecho de su decisión. ¿Qué era lo que quería hacer? En ese momento, deseaba aprovechar el hermoso día primaveral tomándose una cerveza bien fresquita y una tapa en una terraza, algo que llevaba años sin hacer. ¿El futuro? Sólo sabía que, hiciera lo que hiciera, era incierto.

EL ORGULLO DE DISNEY

Papá y mamá contemplan a su preciosa hija, con sus dieciocho recién cumplidos, su vestido de alta costura, preparada para la fiesta de graduación; hija única, criada entre algodones, con la devoción de unos padres que la habían transformado en una auténtica princesa: educación en los mejores colegios femeninos; residencias en el extranjero para aprender idiomas; inscripciones en prestigiosos clubs para aprender protocolo y equitación, rodeada de amistades selectas. Mamá la abraza, predica su retahíla de sermones – “las señoritas no tienen vicios”, “las señoritas se reservan para el amor verdadero” y bla bla bla -, y papá le entrega un cheque con los suficientes ceros como para costearse caprichos, tales como drogas de diseño o la tercera operación de reconstrucción del himen. Ellos ignoran que la primogénita desgarró la burbuja en su adolescencia: no asumen que este siglo es de piratas y brujas con el corazón entre las piernas.

AMISTAD

Le conoció en un concurrido parque de las afueras de la ciudad: él, poeta treintañero, cargado de ilusiones, y su nuevo amigo, un anciano que había destacado en el ámbito poético de otra época. Todas las tardes, entre cafés fríos y cigarros, sentados en alguno de los bancos bajo los cipreses, dialogaban, con entusiasmo, sobre su gran pasión: la literatura. El muchacho disfrutaba con las entretenidas vicisitudes del maestro – así lo llamaba por respeto – acerca del complicado mundillo artístico de sus tiempos, que no difieren demasiado del actual, y el viejo escuchaba mil anécdotas acerca de la cultura local, sus entresijos, acaparada por una pandilla de niñatos que vivían del erario público. Un día de otoño, superada la desconfianza, el aspirante a rapsoda se atrevió a entregarle un manuscrito para ver si era factible su publicación pues había probado suerte en prestigiosos certámenes, sin éxito, y confiaba en que su experimentada amistad recurriese a contactos para apoyar a una joven promesa. En la despedida, el chico regresó a su hogar, y en su mirada, el brillo de la esperanza: quizás aquella era la gran oportunidad que estaba esperando para demostrar al mundo su talento. Por su parte, el maestro caminó hasta llegar al hospital; se detuvo frente a una papelera, arrojó aquella encuadernación fotocopiada que había supuesto semanas de trabajo por parte de un chaval con delirios de grandeza y más inspirado en la charlatanería que en lo realmente importante, que es escribir. “Sólo los locos poseen el don maldito de la poesía”, musitó cuando terminaba un cigarrillo y esperaba, paciente, a los dos enfermeros que, como cada noche, lo recogían para acompañarlo a su habitación situada en la planta de psiquiatría.

Textos: Ana Patricia Moya
Imágenes: Philip Pearlstein

“CORRESPONDENCIA”, MICRORRELATO GANADOR DEL VII CERTAMEN LITERARIO CANYADA D´ART (2016)

CORRESPONDENCIA

Después de leer la carta, ella, con su vieja máquina de escribir, se tomó su tiempo para redactar unos folios acerca de lo acontecido aquella semana; al concluir, los introdujo en un sobre con sello y salió a la calle. Al meter la carta en el buzón, apareció el cartero del barrio; avergonzada, lo eludió: sólo él sabía el secreto de sus cartas con idénticos remitente y destinatario. Ya en casa, notó el peso de la soledad. Conocía a gente que podría escribirle, pero nadie le dedicaba palabras sobre papel: sólo así sentía cercano un corazón frente a la frialdad de la pantalla. Se consoló sabiendo que en unos días recibiría, con ilusión, otra carta. Aunque fuera suya.

ANA PATRICIA MOYA

Ilustraciones: Roby Dwi Antono

“ELEFANTE”, RELATO GANADOR DEL III CONCURSO DE RELATO ARTEFACTO (PRIMER PREMIO)

 

ELEFANTE

“Teme a quien te teme, aunque él sea una mosca y tú un elefante”.

Muslih-Ud-Din Saadi

Frente al espejo, su rostro enrojecido a causa del acné, los prominentes lóbulos de las orejas, la nariz afilada. “¡Elefante, elefante!”. Extrajo del armario una cuchilla y un bote de espuma para afeitarse el escaso vello. Lo hacía para complacer a su chica, “estás más guapo sin ese horrible bigotillo”. “¡Eres un tonto del culo que todavía no tiene ni pelos en los huevos!”. Se cortó la mejilla derecha. Se lavó la sangrecilla con agua templada del lavabo y se cubrió la herida con un apósito. Rozó, con cuidado, el pómulo izquierdo. Se quejó: aún dolía. “Me chiflan tus cicatrices, cariño”, le confesaba siempre ella cuando se desnudaban en aquel paraíso de cortinas rosas, estanterías llenas de peluches y muñecos, con ese agradable aroma a vainilla dulzona, aroma que lo embriagaba hasta desfallecer en el colchón; el refugio de cuatro paredes con los pósters de los grupos Dire Straits y The Animals. Ella, sus pequeños senos, su cara pecosa, sus caderas estriadas, su pubis sin rasurar. Ella, la que después de hacer el amor, le llevaba a la cama una enorme bandeja con un delicioso desayuno – tostadas con mermelada, sirope de arce o mantequilla de cacahuete, zumo de naranja, plato de cereales de chocolate y crujientes galletas de nata – “para el chico más dulce del mundo”.

No importaba si su novia le hacía sentir tan especial. Él era un fracasado, un pringado. “No te la mereces, monstruo, ¡no sé qué ha visto en ti!”, le increpaban los muchachos cuando ella iba a recogerlo al instituto en su motocicleta. Y ella, tan encantadora, tan enamorada, lo consolaba cuando le colocaba el casco y lo besaba apasionadamente delante de aquella panda de cretinos que respondían con muecas de asco: “No les hagas caso, mi amor, tú eres hermoso, muy hermoso”. Sí. Ella y su magia para hacer más soportable la existencia, la única que los fines de semana lo transportaba a otro mundo, al de las miradas cómplices entre las sábanas perfumadas a suavizante, de los paseos soleados en el parque de la gran avenida para jugar con sus mascotas, a los días de lluvia en su apartamento, recostados en aquel sillón de piel, cubiertos por una manta, compartiendo un cuenco de palomitas, latas de refrescos o botellas de cerveza de importación para celebrar acontecimientos importantes. Sí. Ella era increíble. Era perfecta, a pesar de sus mosqueos cuando no conseguía controlar el mando de la consola y perdía todas las partidas al Pong, a sus pucheros cuando se resistía a ver películas de zombies en el cine, su innata capacidad para sacar de quicio cuando discutían acaloradamente sobre el futuro, sobre si estudiar ingeniería o artes en la universidad tal o cual. Sí. Era caprichosa, infantil y terca, pero la amaba tal y como era. Perfectamente imperfecta.

Sin embargo, la cruda realidad se manifestaba de lunes a viernes: Durante la jornada de rutinas escolares, los compañeros del instituto se la tenían jurada tan sólo porque sí. Le recordaban, a cada momento, el desprecio por un cuerpo que ellos consideraban deforme, también por su carácter reservado. Y es que él no era un precisamente un alumno modélico: había repetido curso en dos ocasiones, aunque siempre se empeñaba, con todos sus esfuerzos, en superar, a duras penas, la barrera del suficiente. Bajito, flacucho y desgarbado, no poseía habilidades para practicar algún deporte: siempre lo escogían el último para repartir los equipos. En clase de educación física, cuando tocaba fútbol, baloncesto o béisbol, los chicos más aptos del grupo procuraban sentarlo directamente al banquillo, para que no estorbara demasiado. Aparte de su torpeza, el asma y la anemia lo apartaban de las pistas, motivo por el cual suscitaba el recelo del resto de los chicos que, castigados por duras sesiones de entrenamiento, se mofaban de él, entre jadeos y abucheos, por ser el “niño bonito” de “el calvo ese al que le chupas la polla para librarte de hacer ejercicio, ¡so vago!”, y ese mismo profesor siempre le restaba importancia a los ataques verbales, con sus típicas palmaditas en la espalda y sus nada convincentes: “no les escuches, hombre, que están bromeando”. Precisamente no era el único que prefería mirar hacia otro lado y no involucrarse en conflictos de adolescentes hormonalmente inestables: el resto de los docentes del centro estaban más ocupados en otros menesteres, como impartir temarios dentro de las aulas y corregir exámenes, y por eso no disponían de la energía necesaria para controlar a la manada de alborotadores que acosaban a otros chavales más apocados. En el caso de las compañeras, quizás eran más crueles con él: los chismorreos de turno en el patio de recreo realmente no le afectaban; la mayoría de cosas que escupía aquel grupito de estúpidas niñatas eran bulos que se inventaban con tanta imaginación, en su afán de acaparar la atención de los machos que cumplieran, o no, con sus exigencias y así marcar territorio frente al resto de hembras no populares; a lo que no se acostumbraba era a los inesperados empujones, patadas y puñetazos por parte del club de amigos y simpatizantes de aquellas que, con sus mentiras – “¡el muy baboso me ha mirado raro!”, “¡este cerdo ha intentado tocarme!” – nutrían una violencia sin sentido y que, con el tiempo, se recrudecería.

Sí. Costaba soportar aquel bachillerato de humillaciones. Estaba harto de “dame el dinero del bocata o te rajo, pedazo de cabrón”, harto de “por tu culpa hemos sido eliminados de los cuartos de final, ¡memo!”, harto de “deberías de estar muerto”.

“¡Te apesta la boca!”. Mientras se cepillaba los dientes, el reflejo le devolvía la imagen de un monstruo que no era aceptado por otros monstruos. Maldijo su cabello rubio, casi albino, sus orejas de soplillo, la nariz aguileña, las bolsas de los ojos, la boca carnosa. “¡Qué feo eres joder, pareces un puto elefante!”. En su interior había germinado la semilla del odio, semilla que ya se extendía por todo su ser hasta que se le retorcían las vísceras con cada “¡eres repulsivo, tío!”, “me pones enfermo, mamón” o “no mereces vivir”. Sintió un pinchazo agudo en el pecho desnudo: reconoció inmediatamente los síntomas. Se sentó en el váter: inspiró, espiró, profundamente, para controlar el ataque de ansiedad. Palpó costado y hombro: la costilla y la clavícula fracturadas por la caída de un barracón; esta era la supuesta versión oficial que despachó cuando fue asistido en el hospital, por temor a que familia y novia interpusieran denuncias con posibles represalias; pero la extraoficial era una golpiza brutal por parte de unos gamberros que lo acorralaron en un cuarto de baño y decidieron partirle los huesos porque corría el rumor de que había intentado besar a la novia de uno de ellos; las lesiones  parecían mejorar, pero, obviamente, existía riesgo de que empeoraran por el maltrato constante.

Remitida la taquicardia, se incorporó para proseguir con el aseo. Se enjuagó la boca, se peinó con gel fijador. “¿Sabes? Te pareces a Sid Vicious. Me encanta.”, le comentaba su novia, fan acérrima de los Sex Pistols. Él, naturalmente, no se encontraba el parecido, aunque le fascinaba el punk. Se perfumó con colonia, se secó las manos y salió del cuarto de baño. Arrojó la toalla a su cama aún deshecha. Sacó un disco de vinilo de la funda y encendió el tocadiscos. En los altavoces, los primeros acordes de Seventeen, su canción favorita del álbum. Subió el volumen. Y se dejó llevar, yendo de un lado para otro, canturreando “See my face, not a trace, no reality, oh I don´t work, I just speed…”, mientras ordenaba la estancia para evitar las regañinas de papá y mamá.

Cuando concluyó, abrió la ventana para recibir el aire fresco de la mañana. Se asomó al exterior: Un día espléndido. En el jardín se encontraba su padre, paseándose, distraído, con un café en la mano y en la otra el periódico. El perro, tan travieso, se revolcaba en el césped húmedo, y mordisqueaba la manguera, pero el padre, absorto en las noticias locales y en su taza, lo ignoró. Se topó con la mirada de la vecina de la casa de al lado, a la que saludó con un gesto de la mano aunque ella, que parecía sonrojarse, se escondió detrás de la cortina, aunque le devolvió el saludo; parecía simpática la chica, sí, lástima que por su delicado estado de salud – o eso decían al menos los del  vecindario – apenas saliera a la calle. De repente, apareció su madre que, en vez de regañarle por tener la música tan alta, salió disparada hacia el garaje: había que dejar al hermano pequeño en el colegio y era demasiado tarde. En efecto: el reloj de su mesita de noche indicaba que las clases empezarían dentro de veinte minutos, y el instituto se encontraba lejos. Pero aquel día optó por no tomar el autobús escolar: Quería caminar hacia su destino.

Se vistió con una camiseta negra, unos vaqueros ajustados y las deportivas desgastadas. Se abrigó con una chaqueta de cuero. Inspeccionó la mochila para asegurarse de que no le faltaba nada. Cuadernos, libros de texto, el estuche, el ejemplar de Las uvas de la ira que había tomado prestado de la biblioteca municipal, los cómics de la Patrulla X y Batman, una caja de tabaco para fumar a escondidas en el callejón, el disco de Nevermind que le había regalado su novia, pañuelos, una bolsa con un sándwich vegetal envuelto en papel y una caja de leche, la medicación y unos cuántos billetes y monedas por si tenía que comprar.  Y sí. Faltaba algo.

Se aproximó a su escritorio y sacó del primer cajón una carta. “Para mi ángel”, rezaba como destinataria. La besó. Del segundo cajón, extrajo una pistola con el tambor cargado y una cajita de balas. “Hoy, al fin, dejaré de ser elefante”, murmuró. Introdujo todo en la mochila, se la cargó a la espalda y salió de la habitación, esperanzado por ganarse el respeto que merecía después de años y años de menosprecios, insultos y palizas.

Ana Patricia Moya

Primer Premio del III Concurso de Relatos Artefacto

Ilustraciones: Dani Soon