TRES POEMAS DE “YO SOY LO QUE DICEN MIS MANOS” (poemario inédito)

kyle thompson

PADRE, MADRE: ACOJO, CON ADMIRACIÓN, RESPETO Y PESAR, VUESTRA (ÚNICA) HERENCIA \ LA GRAN FALACIA DE MIS PROGENITORES ES ERIGIRME COMO UNA MÁS DE LA CASTA DE LOS HONRADOS

Porque los principios
no dan trabajo
ni pagan facturas,
ni siquiera rescatan
a la conciencia nublada

porque mis llantos
resguardados en la almohada
no sirven para nada

porque ser leal a una misma
es destruirse

porque sólo enraízan
la
constante
sensación
de
fracaso

y la rabia, muda,

pero     latente        – aquí –        latiendo
en una víscera de seiscientos gramos exactos
muy enferma de verdad

muy enferma de respuestas.

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LA ZAPATILLA DE MI MADRE

I

De pequeña,
por cabezona,
la suela me enrojecía el culo.

Ahora,
rozando yo la treintena,
ella alimenta mi natural tozudez:

sigue golpeándote contra la pared,

       tarde o temprano se abrirá una grieta.

II

Sí, mamá.

Con mis cuernos rotos
haré un hueco  p  e  q  u  e  ñ   i  t  o
por el que pasarán los que están esperando
detrás de mí

porque yo ya habré muerto
de puro cansancio.

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LA RU(T)INA DE PAPÁ

Todas las puñeteras mañanas,
a la misma hora,
mi padre vomita

con el estómago vacío.

Arroja al váter
la angustia de saber
que ser honrado
tiene un precio.

ANA PATRICIA MOYA

IMÁGENES: Kyle Thompson

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DOS RELATOS INÉDITOS (de terror)

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ROBERTA FLACK

Aparto la cortina: tras el cristal de la ventana, el viento agita, furioso, los árboles; un relámpago lejano avisa de la próxima tormenta. Noto el frío en los huesos; apilo leña en la chimenea, le prendo fuego. Me aproximo al viejo tocadiscos; escojo mi LP favorito, coloco la aguja en el vinilo, y a los pocos segundos, la elegante voz de Roberta Flack, que resuena en los altavoces de la estancia. Embelesado por la hipnótica canción de la diva del soul -“I heard he sang a good song, I heard he had a style,  and so I came to see him, to listen for a while, and there he was, this young boy, a stranger to my eyes…”-, me encamino hacia la cocina, chasqueando los dedos. Mi estómago ruge: no he comido nada desde ayer, así que me preparo algo ligero: un sándwich de jamón, queso y lechuga; saco una cerveza del frigorífico y ceno tranquilamente, sentado en la tupida alfombra de la salita, observando las llamas danzarinas. Afuera, la lluvia cae con violencia: las cabezas disecadas de animales que decoran las paredes, los rocambolescos trofeos de los estantes y demás muebles de madera tiemblan. Me percato de que es muy tarde: el reloj de péndulo marca las once de la noche. Ya es la hora. Me incorporo; subo al máximo el volumen de la música, arrojo la lata vacía y los restos del plato al cubo de la basura; de la vinoteca, extraigo una botella, tomo una copa y compruebo que en el bolsillo de mi chaqueta tengo el paquete de tabaco y el mechero. Silbando, muy animado, cruzo el pasillo; bajo, despacio, las escaleras que me conducen al sótano. Enciendo el interruptor de la luz, y allí estás, recostado en la camilla, desnudo, amordazado, atado de pies y manos, apestando a sudor, orín y miedo. Los efectos de los somníferos ya han remitido: abres los párpados, y al percatarte de mi regreso lloriqueas. Me limito a contemplarte, sin articular palabra alguna; me enciendo un cigarro, y mientras se consume, medito; mientras, tú, tan nervioso, agitas tu cuerpo. De nada te va a servir que supliques. Aplasto lo que queda del pitillo en una plancha metálica y me decido al fin. Me sirvo una copa de vino; me pongo la bata, los guantes de látex, la mascarilla; me sitúo delante de la mesa de herramientas para escoger, de entre todo este material quirúrgico improvisado, las tenazas oxidadas; el pánico se apodera de ti, y te cagas encima. Pero el aroma a mierda no me va a disuadir: estoy más que preparado para impartir justicia. Sí, quiero ser tu verdugo, quiero que experimentes lo mismo que mi hijo, al que violaste y desmembraste por pura diversión. Voy a purificarte: despídete de tu polla y de tus testículos, hijo de la gran puta. Te vas a arrepentir de todos tus pecados. Un trago de este exquisito reserva que he conservado, desde hace tiempo, para celebrar este triunfo, y luego tu asquerosa sangre me salpicará mientras tatareo ese hermoso estribillo: “Strumming my pain with his fingers, singing my life with this words, killing me softly with this song, killing me softly with this song…”

SANTIAGO CARUSO

COLCHA MÁGICA

– ¿Echas de menos a papá y a mamá, cariño?

La niña, absorta en sus pensamientos, no respondió. Su tía le entregó su peluche favorito, y después de comprobar que la estufa estaba a máxima potencia, la cubrió con las sábanas. Consideró que su actitud se debía a la ausencia de sus padres, que llevaban varias semanas viajando por motivos laborales; le preocupaba su extraño comportamiento, impropia de una chiquilla risueña y parlanchina: desde que llegó al apartamento, hablaba lo justo, incluso algunas madrugadas la sorprendió deambulando por los pasillos de su hogar. Por eso intentó, de nuevo, sonsacarle los motivos de su malestar:

– ¿Te ha pasado algo en el colegio? – Le apartó el flequillo para besarla en la frente. – ¿Se ha vuelto a burlar de ti ese niño tonto de la clase B?

Su sobrina permaneció en silencio, cabizbaja: abrazó a su muñeco y suspiró. Resignada, decidió no insistir para no incomodar a la pequeña: ya tendría ocasión de discutir con su hermano y cuñada si existían problemas en la escuela que explicasen su sonambulismo.

Se le ocurrió una idea para intentar animarla.

– Vamos a hacer una cosa, ¿vale?

Salió de la habitación de invitados; al minuto, la mujer regresó, cargada con un enorme edredón de colores chillones; consiguió captar la atención de la niña, que dejó de distraerse con el juguete:

– ¿Sabes qué? ¡Esta colcha tan bonita es mágica! Me la regaló la abuela cuando yo tenía tu edad. – Sonrió, nostálgica: en efecto, a pesar de que tenía algunos remiendos por el desgaste, poseía un gran valor sentimental. – ¡Tiene el poder de protegerte de la tristeza! Siempre duermo con ella. Tócala, ¡mira qué chulada!

La chiquilla acarició el viejo cubrecama, de flores estampadas; la contempló, detenidamente: el diseño era horrible, pero al tacto era suave.

Despacito, apartó las manitas del edredón. Su rostro se tornó pálido. Su cuidadora se asustó:

– ¿Qué te ocurre?

Al fin, murmuró sus primeras palabras:

– No, tita, no.

Extrañada por la reacción de su sobrina, replicó:

– ¿Por qué no, nena? – Acarició su mejilla, con dulzura: parecía asustada.

– Tú lo necesitas…

La joven tragó saliva: no comprendía absolutamente nada.

– Entonces… ¿no la quieres?

La niña, desconfiada, negó con la cabeza.

Era demasiado tarde: el reloj marcaba las once y media. Mañana tocaba levantarse temprano para trabajar. “¡Cosas de críos!”, concluyó para sus adentros, agotada.

– ¿Sabes una cosa? Creo que ti te hace más falta, ¡princesita! Está noche vas a dormir de maravilla. – Estiró la colcha sobre su cuerpecito: la niña no rechistó. – Ahora, te voy a contar un cuento…

Treinta minutos después, con “y vivieron felices y comieron perdices”, la propietaria del piso se aseguró de que conciliaba el sueño; apagó la luz y salió de la habitación; exhausta, se derrumbó en el colchón.

A la nada, un sollozo infantil la alertó. La joven sintió un escalofrío que recorrió toda su espina dorsal; se incorporó, desconcertada; se llevó la mano a la garganta: le costaba respirar. Sintió una extraña opresión en el pecho.

La puerta de su cuarto chirrió; en el umbral, apareció la niña en pijama, temblando, arrastrando su juguete por el suelo; señaló a la muchacha con el dedo y balbuceó:

– No estás protegida, tita…

Y entonces ella notó como algo frío y viscoso que surgía debajo de su cama la agarraba del pie…

ANA PATRICIA MOYA

Imágenes: Olivier de Sagazan y Santiago Caruso.

DOS RELATOS INÉDITOS

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TENGO UNA PISTOLA

¿Sabéis? Tengo una pistola. La escondo en el cajón más recóndito del armario; la saco todos los días para limpiarla, a conciencia, con un trapo húmedo. Mi víctima de hoy es mi novio; bueno, mi ex novio, porque he cortado con él, y dentro de poco, vendrá a recoger sus cosas. Mira por dónde: ya está aporreando la puerta. Yo escondo el arma en el bolsillo trasero de mi pantalón; el muy cabrón arrogante, sin dirigirme la palabra, entra a la habitación, saca su maleta y empieza a llenarla con ropa, videojuegos, cómics y demás pertenencias. Yo le observo, furibunda; cuando concluye, ni siquiera abre la boca para despedirse de mí: se va directo del apartamento, con cierta prisa. Yo me asomo al pasillo exterior y veo como se aleja hacía las escaleras. Ha llegado la hora de poner punto y final. Saco la pistola. Apunto a su espalda, a traición. Lo mato. Lo mato en mi corazón. Lo mato en mi cerebro. Y no. No se ha escuchado un disparo de mi preciosa réplica de una Colt 45, tan sólo un simple click que ha asesinado a un capullo sin escrúpulos. Soy culpable, y no me arrepiento. Tantos gilipollas y tan pocas balas, no: tantos gilipollas y que sea ilegal cargárselos de un tiro, tiros que apilarían cadáveres de gilipollas innecesarios para este mundo estúpido. ¿Sabéis? Ya me está aburriendo esta pistolita de las narices; tenía que haberme comprado en la juguetería una metralleta de esas con sonido para haberle dado un buen susto a mi ex porque más susto me dio a mí cuando lo trinqué con mi mejor amiga en la cama.

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PATOS Y PALOMAS

Todos las mañanas, a la misma hora, el matrimonio de ancianos aparece en el parque del barrio; “otra vez los cansinos estos”: eso piensa Pablo, que observa a la pareja desde un columpio, con discreción; los abuelos, en su ritual, compran el periódico y palomitas en el kiosco; se aproximan a la zona ajardinada y se acomodan “en su banco, en el mismo de siempre, joder, parece que lo han alquilado de manera exclusiva”, objeta aquel hombre, balanceándose, sin perder detalle de ambos: ella, con su bolsita, cubierta con una toquilla de croché para protegerse del fresco, da de comer a las palomas que merodean a su alrededor y a los patos que salen del estanque para picotear las generosas cantidades de maíz que arroja al suelo; él, con gabardina y boina, atusándose el bigote, lee la prensa local, concentrado; “y se tiran así horas y horas, en silencio, tan aburridos”; en efecto, Pablo, vecino del lugar y asiduo visitante de aquel lugar tan poco concurrido a esas horas tempranas, sabe que estos jubilados estarán hasta el mediodía así, sentados, sin mirarse siquiera. “Qué deprimente”, asevera Pablo, hasta que el habitual gesto tierno entre ambos se produce (el señor entrelaza su mano con la de su esposa, ella le sonríe, cómplice) y el despectivo “ya no aguanto la cursilería, me va a subir el puto azúcar” que murmura para sus adentros; se levanta del columpio, bruscamente; enfurruñado, saca del bolsillo de su chaqueta los papeles del divorcio que rompe en varios trozos y los tira en la papelera, asqueado; se ve obligado a pedir prestado dinero a un buen amigo para pagar la pensión de sus hijos; la imagen de los viejos, le fastidiaba: una de sus antiguas aspiraciones era envejecer al lado de la mujer que siempre quiso, la misma arpía que le fue infiel y le arrebató la custodia de los niños. Sabe que la soledad no es tan soportable como la rutina del amor. Decide marcharse y perder el tiempo en caminar, sin rumbo fijo, por la ciudad; y, de nuevo, se queda con las ganas de acercarse a la conmovedora parejita y preguntarles: “¿cuál es el secreto?”.

ANA PATRICIA MOYA

Ilustraciones: Daniel Clowes

TRES POEMAS INÉDITOS

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LA ENFERMEDAD UNE

Mi madre,
la que nunca enfermaba,
acabó ingresada
-consecuencias de la dictadura
caprichosa de su páncreas-,

mi hermana,
la que nunca flaquea,
acabó también llorando
en el borde de una cama de hospital,

mi padre se derrumba,
mi otra hermana – escéptica – le reza
al destino,

y yo descubro, con asombro,
cuánta fragilidad

en dos pilares

que se agrietan

sin remedio.

 

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PORQUE NO SOY UN EJEMPLO A SEGUIR

Mi padre me encuentra escribiendo
bajo la luz tenue del flexo:

un silencio breve
y la frase esperada de mis labios:

                   “no, papá, no me pagan por esto”.

Él no replica

-conocedor de mi derrota-;

al rato, me entrega una bombilla nueva,

yo la cambio,
resignada a malgastar inútilmente el tiempo
entre estos cuadernos emborronados
y notas de miseria,

él es cómplice de esta miope
que se alimenta de sueños rotos.

 

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CELAYA SE EQUIVOCABA

La poesía no es un arma cargada de futuro

la poesía es una falacia
para corazones amaestrados

la poesía es una excusa
para maquillar ambiciones

la poesía es una criatura quebradiza

se deshace hasta ser polvo

entre las pezuñas de profetas impostores.

Sólo la auténtica poesía
              -la que sobrevivirá al naufragio-
permanece en aquellos pequeños gestos
donde la palabra pierde todo su significado.

 

ANA PATRICIA MOYA

Ilustraciones: Tomer Hanuka

 

UNA RESEÑA DE “MATERIAL DE DESECHO” (por Manuel Guerrero Cabrera) Y DOS POEMAS INÉDITOS PARA LA SEGUNDA EDICIÓN

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“Material de Desecho (mierda en el corazón)”, de Ana Patricia Moya Rodríguez (Ediciones en Huida, 2013). Poesía. ISBN: 978-84-941027-4-5.

Decía Camilo José Cela que «todas las generalizaciones son falsas, incluso esta», por lo que también lo es que tomemos de esta manera el título del poemario de Ana Patricia Moya (Córdoba, 1982) como Material de desecho”. En efecto, no por ello hay que desdeñar los versos de esta joven autora escéptica y pluriempleada, responsable de los volúmenes “Bocaditos de realidad” (Groenlandia, 2006 y 2012) y “Cuentos de la carne” (Groenlandia, 2010), así como de la muy destacable revista “Groenlandia”, que rige, no sólo con determinado afán, sino también con atractivo arrebato.

Leí en una ocasión de don Manuel Alcántara, poeta y articulista que se me ha hecho imprescindible, algo así como que hay una variada gama de grises que nadie atiende cuando el mundo se empeña en verlo todo blanco o negro. En esta obra de Ana Patricia, la serie de grises es tan diversa que nos hace pensar en que lo correcto hubiera sido llamar a la obra Material de deshecho, pues la autora se deshace, se fragmenta, se reparte por cada poema, por cada verso, por cada palabra, como si miráramos en un caleidoscopio que nos ofrece multiplicado el corazón atravesado por una puntilla que se presenta en la cubierta.

El poemario se divide en cuatro secciones. La primera, «Estropajo, polvo y libros», posee composiciones de aire reflexivo para presentar el estilo de la autora y es un medio de conducción a la segunda parte:

“Cielo, dejemos a los poetas con su oficio, / que yo ya tengo bastante con mis miserias… / …y con mis tres empleos”.

La segunda parte, «Eso que llaman amor y que se le parece», ofrece una visión muy personal del amor, entre el sarcasmo, la ironía y la verdad de la mentira, entre la pasión, la sinceridad y la soledad de la compañía. Causan herida los poemas breves, que recuperan en nuestro ánimo alguna cicatriz que creíamos olvidada, como en “El amor es como la política” o “Un instante”. Sin embargo, son de mi preferencia aquellos en que Ana Patricia, habituado a su ingenioso juego de palabras y de imágenes (por ejemplo, “Amor sintético”), añade sugerentes mensajes y metáforas para mostrar lo lúcido de su verbo y, por qué no, para que no todo sean generalizaciones:

“Testigo: el colchón. / Aromas de fruta mezclados. / El mundo en tu vientre”.

De las cuatro secciones, la más lograda es «Sesos, exilio y poesía», pues contiene los poemas de mayor calidad y de mayor belleza de la poética (que en verdad es una antipoética) de nuestra autora. Basta con leer los siguientes ejemplos, desde el intenso “Por cada milímetro de mi piel” hasta el impresionante y humilde “El mejor poeta del mundo” para vernos obligados a no desechar este libro:

“Por cada milímetro de mi piel / tendréis tatuajes de palabras invisibles, / palabras que son testigos de mi existencia”.

“[…]me autocastigo. Escribo diez veces: / la poesía es inútil, la poesía es inútil […] / Y no escarmiento: / mañana nacerá otro poema”.

“El mejor poeta del mundo \ es mi padre: \ jamás ha escrito versos \ pero sus manos grandes y sufridas \ son ásperos poemas \ de vida”.

«Nada ha cambiado… (Ochos años después)» se titula la parte final que, a modo de epílogo dividido en dos capítulos, recoge más poemas sobre las dos primeras secciones del libro. Llama la atención el cambio de estilo en los últimos poemas, aunque mucho más el regalo de “Epílogo”, que de una dedicatoria a otras artistas como Kahlo, Dickinson o Woolf, pasa a un contrapunto, por un lado, al humor “Que en paz descansen todas ellas. Amén” y , por otro, a la reafirmación de la postura antipoética del yo en su parte final:

“Porque no aspiro a nada, porque sólo aireo mis miserias \ como si fuera asquerosa basura… \ …como el material de desecho que suda mi corazón”.

No quiero cerrar este artículo sin atender a dos de las virtudes de la poesía de la cordobesa Ana Patricia Moya en Material de desecho (mierda en el corazón)”. La primera es la nota humorística basada en lo intenso del contraste, como observamos en “Petición típica de fin de año”, “Miénteme” o “Claro que existe el amor”, con el resultado final del desengaño. La segunda es la versatilidad de su verso, que es la que permite esa visión caleidoscópica, arriba mencionada, de su corazón, como nos avisa desde el principio:

“Mi corazón: \ material de desecho”.

Sin la aportación de las voces del estilo de Ana Patricia, que nos recuerdan que hay más de una visión poética que la dictada desde festivales y editoriales para un público selectivo, caeríamos en un descuido alejado de las azucenas, del que nos avisa nuestra poeta con una generalización que sabemos a ciencia cierta que no es falsa:

“El peor poeta del mundo \ es el orgullo”.

 

Manuel Guerrero Cabrera

Algunos poemas incorporados para la segunda edición de “Material de Desecho”:

EL (H)AMOR EN TIEMPOS DE GUERRA (DONDE CUALQUIER COÑO ES TRINCHERA)

Recuerda

que estas manos que paseaban

por tu piel pálida

eran las suyas.

 

Recuerda

que estos labios que murmuraban

a tu oído mil secretos y mentiras

eran los suyos.

 

Recuerda

que este desecho de mujer

                                            esta sustituta del fracaso

no te quiso

 

ni te querrá nunca.

 

ANTROPOLOGÍA

Existen seis tipos de poetas:

los que abrazan la belleza del silencio,

capaces de radiografiar tu interior para sostenerlo,

con delicadeza, entre sus manos,

 

los que se alimentan de lo único que poseen,

un corazón demacrado y ermitaño que escupe poemas

como piedras para despistar a la miseria,

 

los tristones que se refugian en la desolación,

que se purgan las entrañas con una exhaustiva lista de lágrimas,

seres tragicómicos que anhelan, pero jamás actúan

 

los cazadores que disparan poesía, temerosos de la soledad

y que pretenden calentar la cama conquistando a hombres y mujeres,

cautivos contemporáneos del gimnasio y la anorexia,

 

los que prosperan con su talento,

luchadores natos – ya casi extintos – que recorren

un sendero empedrado, sin pisotear cuellos,

 

y los que se creen poetas:

tiranos y mediocres que se veneran

entre sí, que juegan a ser ídolos [corruptos].

 

A los que no escriben versos, bendecidlos.

A los hambrientos, admiradlos o maldecidlos.

A los llorones, ignoradlos.

A los amorosos, utilizadlos para sexo compasivo.

A los guerreros, respetadlos.

Y con respecto a los últimos,                                         

 

huid, huid de ellos lo más lejos posible:

algo tan grande como la poesía se les escapa de las pezuñas,

y porque, como cita aquel refrán tan sabio,

no se hizo una miel tan exquisita para las bocas de los asnos.

 

(Poemas para la segunda edición de “Material de Desecho”).

UN POEMA EN REVISTA “LARARA”

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METAFÍSICA DE UNA INDIVIDUA CORRIENTE (Y, PARA MÁS INRI, SIN EMPLEO Y SOLTERA)

Habrá que continuar
Que seguir respirando
Que soportar la luz
Y maldecir el sueño
Que cocinar sin fe
Fornicar sin pasión
Mas ticar con desgano
Para siempre sin lágrimas .

(Idea Vilariño)

Me río
de todos los que creéis
que podéis ir a más en la vida.
Me río.
¿A más qué? ¿Hacia dónde ?
¿A costa de qué?
¿Y de quién?

(Rakel Raro)

Yo no soy nadie.

 

Hay un corazón irónico y torturado,

una cuenta corriente en alarmante descenso,

una aspiración a jugar a la supervivencia en días despreciables,

a apurar madrugadas de apuntes, lágrimas y tazas calientes

– hasta arriba de asqueroso edulcorante -;

meses sin derramar versos en cuadernos garabateados

– no, no me ha abandonado la poesía:

lo siento, “queridos”, no os consentiré ese triunfo -,

porque yo estoy sin estar,

 

me ubico en un espacio idéntico

a la habitación acolchada de un psiquiátrico

– esa mancha negra, esa mancha que se nutre de temores,

que crece cuando lloras y enmudece con pastillas -,

decorada con fotografías en escala de grises

– mi calle, el parque, la oficina del INEM, el supermercado –

y reduciendo mi mundo al aroma de las hojas secas

– este maldito otoño, esta memoria traicionera

que acumula recuerdos:

extraño el levantarme temprano para ganarme el sueldo,

extraño el cariño, tu cariño…

extraño a la niña que era antes -,

a tranquilos paseos con el perro por las aceras,

a repartir mi esperanza en papeles con datos académicos y formativos,

a las pequeñas labores del hogar y al escritorio desordenado

– los libros de poemas, escondidos -,

la agenda con recordatorios sobre temarios inacabados

– detesto, repudio los pasos hacia atrás –

y citas rutinarias, obligadas o nostálgicas.

 

Y todo esto es nada.

 

Nada.

 

Porque yo no soy nadie:

soy un número más,

soy un trozo de carne más,

soy una inútil más.

 

Porque no tiene sentido la batalla con las manos desnudas,

porque, por muchas lecciones de moral gratuita que nos chillen,

sabemos perfectamente que con la voluntad no basta.

 

Y, precisamente por eso,

no soy nadie

ni tengo nada:

 

el precio para escapar del fracaso

es despojarte de la dignidad,

ése que están dispuestos a pagar algunos

por una plaza ficticia en el paraíso de los necios,

 

y no puedo deshacerme de aquello que me levanta

de la cama de lunes a domingo y que me encomienda a patear

los imprecisos límites de la realidad

 

hasta que mis nudillos se descarnen

hasta que mis ovarios rabiosos estallen

hasta que mi paciencia agonice en una tumba

 

aunque conozca el final exacto de esta historia.

 

ANA PATRICIA MOYA

TRES MICRORRELATOS INÉDITOS

Grégoire Guillemin2INMORTALIDAD

De lunes a sábado. Madrugar. Preparar desayuno. Paciencia para el atasco, rezar para no llegar tarde. Soportar la ira del jefe nada más entrar a la oficina. Teclear datos como un poseso. Un descanso de treinta minutos para vaciar el tupper. Regresar a la pantalla. Salida para tomar unas tapas con los compañeros. El largo regreso a casa, conduciendo con cautela. Llegar al apartamento e ir directo a saquear el frigorífico. Ducharme. Y dormir. Domingos. Levantarme tarde. Arreglar facturas. Llamar a familiares. Leer un libro mientras escucho la radio. Ver un ratito la televisión. Acostarme temprano. Mañana se repite el ciclo. Pero ya no estoy deprimido: hoy comienza una nueva vida. Introduzco el cañón de la pistola dentro de mi boca. Me despido mentalmente de la rutina de esclavo. Cuando apriete el gatillo, se extinguirán el miedo, el aburrimiento, la desazón: asesinar al tiempo con un balazo. Por la inmortalidad.

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LO QUE NOS ENSEÑARON LOS CÓMICS

Un callejón oscuro de barrio conflictivo: dos delincuentes asaltan a una mujer; uno le arrebata el bolso, el otro intenta forzarla. De repente, una sombra aterriza, y su puño le parte la mandíbula al violador y se desploma; la señora se desmaya; el ladrón no reacciona a tiempo, y recibe una patada en el estómago; el agresor, ataviado con gabardina mugrosa, sombrero y máscara se presenta: “Soy Darkman, y este es mi bautismo de fuego, seré el azote del mal y…”; su voz se quiebra: el otro chorizo le clava una navaja en la espalda; su compañero consigue incorporarse y dispara al desdichado salvador. Sirenas de coches patrulla anuncian la retirada; los últimos pensamientos del moribundo: ¿qué ha podido fallar, si la justicia siempre vence? ¿Qué coño nos enseñan los cómics? Nada: sólo son ficción para entretener a antisociales freaks con acné. Escupe sangre. La leyenda temprana expira.

(Relato finalista del I Certamen Dínamo Literaria, Córdoba).

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CLOWES

Daniel repasa, satisfecho, las primeras páginas del borrador: entre sus manos, un guión prometedor. Busca en la agenda telefónica a su amigo David Clowes, famoso director del mundillo; marca su número, y a la nada, descuelga su colega, interesado en el proyecto; entusiasmado, le explica que su historia trata de un escritor que sufre una crisis creativa y que busca consejo en un profesor de filosofía; éste le indica que viva nuevas experiencias, y por eso, el protagonista secuestra a una pareja de desconocidos para torturarlos y así luego plasmarlo en su novela. Clowes aplaude la idea; se citan al día siguiente para concretar más aspectos. Al colgar, David se enciende un puro para celebrar el futuro éxito del film; observa que aún hay restos de sangre en la moqueta: hay que volver a limpiar. Ya pensaría en qué hacer con la mujer drogada y maniatada de la habitación contigua.

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 (Todos estos relatos son homenajes a los grandes del cómic).

ANA PATRICIA MOYA

IMÁGENES: Las dos primeras, de Grégoire Guillemin; las otras dos, de Roy Lichtenstein