TRES MICRORRELATOS INÉDITOS (Futuro, El Orgullo de Disney, Amistad)

FUTURO

Reconoció al fracasado que se reflejaba en aquel espejo tan sucio, al adicto a las bebidas energéticas y a los ansiolíticos, al ermitaño que se refugiaba entre temarios y libros de supuestos prácticos. Su cerebro estaba saturado de conceptos legales y técnicos, de esquemas, también de reproches -“¡tenías que haber estudiado una carrera con más salidas laborales!”, “¡no te estás esforzando lo suficiente, tienes que dedicarle más horas!”- y de consejos propios de metomentodos que no tienen ni puñetera idea del infierno al que se someten los aspirantes que se preparan para una hipotética plaza del funcionariado. Mientras contemplaba sus ojeras, su delgadez y sus primeras canas, reflexionó. ¿Aquello es lo que realmente quería? ¿Enclaustarse, drogarse para mantener un ritmo exigente, comer y dormir poco, aguantar la presión familiar por no cumplir unas expectativas? De nuevo, aquel dolor tan agudo. Se llevó la mano al pecho: taquicardia. Intentó calmarse. Algo dentro de él se rompía. Y, de repente, la respuesta. Se cercioró de que estaba completamente solo en aquellos baños; sacó de su mochila apuntes y frascos de pastillas, lo arrojó todo a la papelera metálica; extrajo del bolsillo de su pantalón un mechero y le prendió fuego. Apresurado, salió de la biblioteca. Ya en la calle, sonrió, satisfecho de su decisión. ¿Qué era lo que quería hacer? En ese momento, deseaba aprovechar el hermoso día primaveral tomándose una cerveza bien fresquita y una tapa en una terraza, algo que llevaba años sin hacer. ¿El futuro? Sólo sabía que, hiciera lo que hiciera, era incierto.

EL ORGULLO DE DISNEY

Papá y mamá contemplan a su preciosa hija, con sus dieciocho recién cumplidos, su vestido de alta costura, preparada para la fiesta de graduación; hija única, criada entre algodones, con la devoción de unos padres que la habían transformado en una auténtica princesa: educación en los mejores colegios femeninos; residencias en el extranjero para aprender idiomas; inscripciones en prestigiosos clubs para aprender protocolo y equitación, rodeada de amistades selectas. Mamá la abraza, predica su retahíla de sermones – “las señoritas no tienen vicios”, “las señoritas se reservan para el amor verdadero” y bla bla bla -, y papá le entrega un cheque con los suficientes ceros como para costearse caprichos, tales como drogas de diseño o la tercera operación de reconstrucción del himen. Ellos ignoran que la primogénita desgarró la burbuja en su adolescencia: no asumen que este siglo es de piratas y brujas con el corazón entre las piernas.

AMISTAD

Le conoció en un concurrido parque de las afueras de la ciudad: él, poeta treintañero, cargado de ilusiones, y su nuevo amigo, un anciano que había destacado en el ámbito poético de otra época. Todas las tardes, entre cafés fríos y cigarros, sentados en alguno de los bancos bajo los cipreses, dialogaban, con entusiasmo, sobre su gran pasión: la literatura. El muchacho disfrutaba con las entretenidas vicisitudes del maestro – así lo llamaba por respeto – acerca del complicado mundillo artístico de sus tiempos, que no difieren demasiado del actual, y el viejo escuchaba mil anécdotas acerca de la cultura local, sus entresijos, acaparada por una pandilla de niñatos que vivían del erario público. Un día de otoño, superada la desconfianza, el aspirante a rapsoda se atrevió a entregarle un manuscrito para ver si era factible su publicación pues había probado suerte en prestigiosos certámenes, sin éxito, y confiaba en que su experimentada amistad recurriese a contactos para apoyar a una joven promesa. En la despedida, el chico regresó a su hogar, y en su mirada, el brillo de la esperanza: quizás aquella era la gran oportunidad que estaba esperando para demostrar al mundo su talento. Por su parte, el maestro caminó hasta llegar al hospital; se detuvo frente a una papelera, arrojó aquella encuadernación fotocopiada que había supuesto semanas de trabajo por parte de un chaval con delirios de grandeza y más inspirado en la charlatanería que en lo realmente importante, que es escribir. “Sólo los locos poseen el don maldito de la poesía”, musitó cuando terminaba un cigarrillo y esperaba, paciente, a los dos enfermeros que, como cada noche, lo recogían para acompañarlo a su habitación situada en la planta de psiquiatría.

Textos: Ana Patricia Moya
Imágenes: Philip Pearlstein
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“CORRESPONDENCIA”, MICRORRELATO GANADOR DEL VII CERTAMEN LITERARIO CANYADA D´ART (2016)

CORRESPONDENCIA

Después de leer la carta, ella, con su vieja máquina de escribir, se tomó su tiempo para redactar unos folios acerca de lo acontecido aquella semana; al concluir, los introdujo en un sobre con sello y salió a la calle. Al meter la carta en el buzón, apareció el cartero del barrio; avergonzada, lo eludió: sólo él sabía el secreto de sus cartas con idénticos remitente y destinatario. Ya en casa, notó el peso de la soledad. Conocía a gente que podría escribirle, pero nadie le dedicaba palabras sobre papel: sólo así sentía cercano un corazón frente a la frialdad de la pantalla. Se consoló sabiendo que en unos días recibiría, con ilusión, otra carta. Aunque fuera suya.

ANA PATRICIA MOYA

Ilustraciones: Roby Dwi Antono

TRES MICRORRELATOS, ASPIRANTES AL CONCURSO “LITERATURA A MIL”

6EL [INCONFESABLE] CRIMEN DE CHINASKY

El poeta se percató de que un inesperado visitante se coló por la ventana para posarse en la mesita de noche; desde el otro lado del despacho, sentado en el escritorio, observó al recién llegado. Extrajo del cajón un tosco pisapapeles para arrojárselo, con tal puntería, que impactó en el cuerpecito de la criatura que cayó, fulminada, al suelo. “Putos bichos”, masculló mientras colocaba un folio en el rodillo de la máquina de escribir. Horas después, el gato apareció en la habitación; merodeó el cadáver en su charquito de sangre, lo olisqueó para luego menospreciarlo. “Hasta mi gato detesta las metáforas”, murmuró; dejó de teclear sobre apuestas hípicas, empleos fáciles y pubis de mujeres para agarrar la botella de whisky escocés y brindar por el felino, más concentrado en lamer sus genitales que en el pájaro de precioso plumaje azul que alimentaría a las ratas de aquel apartamento ruinoso.

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Jon-Jacobsen4EL ÚLTIMO HAIKU DEL POETA

Aquella pareja de gaijins demostrándose afecto con tanta pasión en la calle, ajenos a los escandalizados transeúntes, aún no acostumbrados a las decadentes costumbres occidentales, impactó al honorable maestro de haikus de la región. Esa fascinante visión supuso para el poeta el abandono de la senda de la literatura, para asombro de admiradores y detractores. Dejó de escribir los versos románticos que tanta fama le otorgaron en aquellos años gloriosos cuando la inspiración se desbordaba y dilapidó su fortuna en los placeres de prostíbulos de toda la península. Pocos meses después, enfermedades propias de los vicios corrompieron su cuerpo y acabó postrado en el futón de una miserable pensión, sin mostrar arrepentimiento por su licencioso estilo de vida. En su lecho de muerte, las últimas palabras que confesó a un íntimo amigo fue el epitafio del sepulcro que resguardarían sus restos: “el amor: hay que vivirlo, no escribirlo”.

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William-Hundley2USER NONAME98272

Devoró la última galleta. Consciente de lo inevitable, chateó en el hilo del foro con otros hikikomori: “Cero provisiones: cuestión de horas”. Acarició sus muñecas: demasiado cobarde para suicidarse con el cúter. Llevaba días sin obtener información acerca de la epidemia que asolaba el exterior. El olor a restos de comida era insoportable. Resignado, se colocó la mascarilla, dispuesto a explorar fuera de la habitación: después de medio año aislado de una sociedad especialmente cruel con su generación, temblaba como un cachorrillo asustado. Abrió la puerta. Inspeccionó el pasillo. Bajó las escaleras: Ni rastro de su familia. Se dirigió a la calle. Caminó por el vecindario. Ni un alma. Sólo silencio. Observó el cielo, tan hermoso. Pensó, entre sollozos: “¿Seré el nuevo Adán?”. De repente, en el horizonte, el resplandor que anunciaba la extinción. Se arrodilló en el asfalto. Rezó por primera y última vez en su vida.

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ANA PATRICIA MOYA

IMÁGENES: Kyle Thompson, Jon Jacobsen, William Hundley