DOS POEMAS DE LA CASA ROTA (INÉDITOS)

Ilustraciones de Mat Miller

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ENTREVISTAS Y DEMÁS COLABORACIONES EN SECCIONES

ENTREVISTAS:

GENOMA POÉTICO: https://www.genomapoetico.com/2017/12/19/entrevistas-ana-patricia-moya/

LA GALLA CIENCIA: http://entrevistas12y21.lagallaciencia.com/2017/12/ana-patricia-moya.html 

COLABORACIONES:

EDITORIAL DESPERTAR: https://editorialdespertar.wordpress.com/2018/01/08/poesia-de-ana-patricia-moya-espana/

REVISTA ARGONAUTA: https://issuu.com/fomentoculturalirapuato/docs/argonauta_7_issuu

NUEVAS SECCIONES:

Pinchando en las imágenes, enlaces directos.

TRES RELATOS (PRIMERA PARTE, NUEVO PROYECTO)

TODO SE RESUELVE CON UNAS OPOSICIONES

De madrugada, te abraza la sombra de la hipoteca, y luego, tu chica, con esas ojeras que son idénticas a las tuyas: las huellas de la incertidumbre. El desayuno se te atraganta – sólo galletas de un paquete caducado y pan tostado con mantequilla – por las confidencias en la ridícula cocina: se plantea la necesidad de formalizar burocráticamente que os queréis desde hace años en un juzgado – tu madre, tan tradicional, anhela como testigo de la unión un cura -, pero no hay dinero, no hay tiempo, no hay ganas. Tu pareja refunfuña al revisar el teléfono móvil: le toca lidiar con su empleo – fregar suelos para familias que racanean con su salario -, y tú te adosarás a un escritorio repasando temarios – para este año, ampliados para joder aún más la voluntad y el bolsillo -, durante horas, sólo interrumpidas por las ganas de ir al baño o para beber refrescos energéticos o café para aguantar. Todo lo memorizado se agolpa en tu cabeza y te provoca una migraña que combates con pastillas; luego, tu estómago te avisa de que tienes cuarenta minutos exactos para almorzar algo, ducharte, arreglarte y volar hacia el bar donde haces equilibrios con la bandeja a cambio de unos euros y soportas las amenazas del propietario del negocio – “la cosa está muy mala”: su pretexto favorito -. A las doce y media de la noche, con dolor de huesos – te ha tocado atender a los gañanes que han ido a ver el penúltimo partido de fútbol de la temporada – regresas al cubículo que llamas hogar y allí está tu novia, acurrada en el sillón, sollozando. Tembláis con la confesión “tengo un retraso”. Y te cagas en los muertos de los condones baratos de los chinos y te vuelves creyente de todo el santoral, los mismos santos que adornan las estampitas que te regala la devota de tu abuela para que te ayuden a conseguir esa plaza de una puta vez. El disgusto os quita las ganas de cenar – tampoco hay gran cosa en la nevera – y os acostáis deprimidos, sin ganas de amor. La derrotada mujer con la que compartes cama desde la adolescencia, a tu lado, se duerme entre lágrimas; tú le agarras la mano con firmeza, y la calidez te hace sentir un poco más humano. El miedo te lleva al insomnio, y del insomnio, a la reflexión: ¿vale la pena luchar? “Si quieres prosperar en la vida, estudia oposiciones”. La gran frase de los progenitores. Pero, como bien sabes desde que terminaste la licenciatura, no siempre los padres tienen razón.

VASO DE BOURBON

Otro pequeño homenaje a Miguelanxo Prado

Después de hacer el amor, me invitas a tomar un bourbon. Observo la botella: sí, es de reserva. Te pregunto que cómo puedes permitirte tal lujo, y tú respondes que es el regalo de un íntimo amigo. Me sirves un poco, te recuestas a mi lado y me recitas un poema tuyo. Sí, es precioso: no hace falta que te recuerde que tienes un talento extraordinario y que todo, absolutamente todo lo que sale de tus maravillosas manos, me encanta. Sin embargo, yo sigo aún preocupada por esa cuestión del empleo de dependiente que te ofrecieron en la ferretería y te digo que qué harás al respecto. El tema te incomoda, bien lo sé, y desvías la conversación hacia la literatura de tus adorados escritores malditos. Vuelvo a insistir, y tu buen humor desaparece: me gritas que tú has nacido para ser el mejor de los poetas y que sería un desprestigio aceptar un puesto tan vulgar en una tiendecilla de barrio. Suspiro, doy un trago a mi vaso, y no, no voy a reprocharte nada. Me levanto de la cama para vestirme mientras tú sigues con tu apasionado discurso sobre principios, pero yo, que estoy muy cansada de tu estúpido orgullo te ignoro. Antes de marcharme, clavo mis ojos en los tuyos, llenos de rabia, y no, no me despido de ti: al cerrar la puerta de tu desastroso apartamento, me juro a mí misma no regresar a tus brazos… aunque mi corazón desea que bajes de tu maldita torre de marfil, que tus pies caminen sobre el terreno de una realidad a la que no le importa el hermoso pero inútil arte de los versos. A nadie le interesa lo que tú sientas. A nadie. Ni a mí tampoco.

BRAGAS

A mi lado, está ella, durmiendo profundamente; me gusta contemplarla mientras sueña, pero jamás se lo voy a confesar. La habitación es un desastre: nuestras bragas y sujetadores encima de la mesita de noche, otras prendas desperdigadas por todo el suelo de mi habitación, hasta hay restos de una botella de vino rota bajo el escritorio. Salgo de la cama, me visto con una bata y me voy a la cocina a por café. A mi regreso, me la encuentro ya levantada, bostezando con energía y estirándose. Yo me apoyo en la pared, y la observo embobada: a mis ojos es una mujer bellísima, a pesar de su estatura, su barriguita y sus marcadas estrías. Sí: las imperfecciones me resultan de lo más erótico, y me encanta mirarla. Ella me gusta, y lo sabe. Me sonríe, presumida, y comienza a vestirse. Le ofrezco a que se quede en la cama todo el día si le apetece… ella dice no. Le invito a un almuerzo con los amigos… y rechaza la proposición educadamente. No sé por qué me molesto en insistir, siempre obtengo una negativa por respuesta, pero bueno… la fuerza de la costumbre, quizás. Termina de arreglarse; le da un sorbito a mi taza, me besa en los labios y prometemos vernos el próximo fin de semana. Con el portazo de despedida, otra vez la soledad se instala entre estas cuatro paredes. Después de recoger los cristales, con cuidado, me siento en la cama. Aspiro fuerte por la nariz: acaricio con resignación esas sábanas impregnadas de su fragancia, fragancia que perdurará durante horas. Sí: posiblemente sea una egoísta. Todo es sexo. Estuvo claro desde el primer momento. A pesar de que llevamos meses acostándonos, somos dos perfectas desconocidas. El roce no hace el cariño: hace el placer. Ella se limita a entregarme la piel abierta y evita que le acaricie el corazón. Sí, es egoísta. Muy egoísta. Pero también pienso que yo también soy egoísta por pretender quererla.

Ana Patricia Moya

Fotografía: Maleonn

LIBRO NUEVO Y EPÍLOGO DE MARISOL SÁNCHEZ GÓMEZ PARA “BLANCANIEVES NO TIENE LA REGLA”

Hace unas semanas me comunicaron una buena noticia: me publican libro nuevo, “La casa rota”, en Versátiles Editorial. Ya estamos con los preparativos del nuevo poemario (no tan nuevo: tiene dos o tres años). De nuevo, vuelvo a contar con la colaboración de Marisol Sánchez Gómez, que tuvo el detalle de escribir el epílogo del libro “Blancanieves no tiene la regla”, un poemario publicado por la editorial pionera Neurótika Books. Os paso el texto que concluye la obra y también enlace para que lo leáis (para lectura y descarga gratuita).

UN CORAZÓN DE CEMENTO Y ALAMBRE

Por Marisol Sánchez Gómez

Leo los poemas de Ana Patricia Moya, una mujer joven, de mi tiempo, y transito durante un par de horas por un recorrido vital que, de manera recurrente, se ve jalonado por temas que con fuerza metafísica nos afectan a todos: el amor – el gran tema de las mujeres -, la soledad, la independencia, el dolor y la poesía.

Lúcida observadora de su entorno y su realidad la autora no se engaña: es un miembro más de una generación inmersa en una tragedia épica y colosal, en el desastre de una generación que quiere ser independiente y se ve obligada a aceptar trabajos basura mal pagados (véase “Puta barata \ Informe de becaria: año 2009 / 2010”) o a depender de sus padres; a pelear por realizar sus sueños con riesgo a veces de tener que renunciar a lo que íntimamente se es o sacrificar su independencia. “Tengo casi treinta años / y no tengo nada”, nos dice Ana Patricia en un verso que se despliega estirándose visualmente sobre la página obligando al ojo lector a leer en un largo vaivén que concluye en un radical “nada”.

Es extraño que la persona poética de estos versos confiese no sentirse joven? ¿Es extraño que “ese hombre del saco que dormita en sus pestañas” engorde gracias a sus temores: “el paro / la soledad / la ausencia de respuestas / los sollozos de madrugada”?

Entre versos, a veces irregulares y entrecortados, en versos puros, canónicos, en prosa poética o en versos en prosa, en líneas definidas frecuentemente como misántropas, Ana Patricia va desgranando su necesidad de interpretar su mundo, indagar y explicarse. Entre Caperucitas ingenuas y engañadas, Alicias internadas por locas o bellas Blancanieves que no menstrúan, símbolos contemporáneos de mujeres sin deseo sexual, como las muñecas muertas que se prodigan por la red de redes, la autora despliega su decepción, la nostalgia amorosa ante el amante que ya no está, su rabia y su dolor ante la cama vacía; las consecuencias de ese amor desengañado ante un otro, falaz y ausente, pero no por eso menos esencial.

Frente a todo ello, la fortaleza de un corazón que es sólido y frágil a la vez, hecho de “cemento y alambre”, sensible y lúcido. Y siempre la poesía. Una poesía hecha de rabia, dolor y decepción al ver lo que muchos son capaces de hacer con tal de publicar. Algo ante lo que Ana Patricia no sucumbe, aceptando la cuota de amargura que conlleva ser un pájaro que canta sin el resguardo del nido, el peaje que paga quien no se convierte en un “poeta impostor” con “libros saturados de sucio ego”. Y es esa poesía que la invade como un amo imperativo y ante la que ella protesta airadamente para no sucumbir, la que la espera “en su sonrisa”. Y es que Ana Patricia no está sola, aunque ella diga en un duro poema que sólo cree en sí misma. Está la poesía, su entrega a ella, y la existencia de otros – muchos y muchas – que hacemos causa de ella y de sus versos. Nadie debe sentirse tan solo; como decía la extraordinaria poeta Adrienne Rich, todos tenemos, aun sin saberlo, gente en torno entre las que sentarnos y sollozar sin que por eso se nos deje de considerar héroes.

Es esa capacidad heroica de la poesía honesta de Ana Patricia, la escrita desde las entrañas, casi sin medios, ni sponsors y que no se ha convertido en un postre de lujo en el banquete del poder cultural, la que nos sana y redime; la que nos ayuda a interpretar el mundo, la que nos da, de una manera radical, la capacidad de oponernos al lamentable discurso de la mentira que predomina en la escena cultural del momento.

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Próximamente, más información.